Por: Luis Carvajal Basto

¿Independientes o reciclados?

(Muñecas viejas con vestido nuevo)

La inscripción de candidatos por firmas es una alternativa democrática que buscaba ampliar las posibilidades de participación. En su momento fue pensada para superar las limitaciones del bipartidismo en el Frente Nacional, abriendo un nuevo canal de expresión política. Pero ahora, su abuso, al convertirla en regla más que en excepción, atenta contra la democracia representativa y el sistema de partidos.

Los efectos de su carácter “incluyente” se pueden medir: en lo que va de este siglo la participación electoral en presidenciales no ha sobrepasado el 50%.No ha cumplido con las expectativas de incorporar nuevos sectores sociales. Por el contrario, desde la Constitución, la última confrontación  Liberales vs Conservadores, en 1998, alcanzó los niveles de participación más altos: 58.8%.

La teoría del Estado y el régimen político democrático asigna a los partidos la función esencial de tramitar las demandas de la sociedad. De vincular los ciudadanos a las instituciones en una dinámica que no puede calificarse si no como transaccional y se resuelve mediante la regla de mayorías. Tantos partidos como maneras de entender la sociedad y las funciones del Estado para  usar su capacidad de impartir órdenes terminantes y asignar los recursos públicos; definir su orientación. Por el contrario, su desprestigio afecta a la democracia. No es democrático ni racional pensar y actuar bajo el principio de que los partidos “no sirven para nada” o que, en sí mismos, son un foco y nido de corrupción. Mucho menos, utilizar, sistemáticamente, su descrédito para “edificar” movimientos e ilusiones que no responden a nadie y por los que nadie responde.

Los partidos frágiles son sinónimo de una democracia disminuida. El primer peldaño para la aparición de “salvadores” y el auge del populismo. La dinámica de “buen gobierno- premio” y “mal gobierno-castigo”, es inherente a la buena salud del régimen político.

En Colombia, el mal ejercicio de la política, la mala política, los ha dejado con el pecado y sin el género al disminuir su credibilidad y cauda de votantes. Los malos políticos exprimen los partidos; los desacreditan, luego se van y crean un nuevo “movimiento”. En el país real ningún partido o facción, por sí mismo, hace mayorías, lo que nos lleva, necesariamente, a las coaliciones o a la lotería de las candidaturas por firmas para tratar de capturar el mayor número posible de electores incautos con el espejismo del “cambio” y la novedad.

La práctica de los malos políticos, a diferencia de quienes usan este recurso como única y legítima forma de expresión, consiste en dejar tirados los partidos cuando estos han agotado su credibilidad, las más de las veces por sus irresponsables acciones o bajo su responsabilidad, e inventarse un nuevo movimiento.  “Ganan” ellos, pero pierden las instituciones y la democracia, un patrimonio de todos. ¿Alguien, con buen juicio, puede creer  que los políticos reciclados son candidatos independientes o pueden representar sectores excluidos para que deban recurrir a las firmas?

Curiosamente, la condena del llamado “clientelismo” es uno de los pretextos favoritos de quienes, a conveniencia, reniegan de los partidos para ejercer el “voltiarepismo” que les permite disfrutar siempre del gobierno, escapando de la regla “gobierno- oposición”. Esa es una de las principales causas del desprestigio de la política. Para los ciudadanos del común deben ser motivo de desconfianza los políticos que, como las arepas, si no se “voltean no se asan”.

El capítulo primero de una verdadera reforma política debe tratar del fortalecimiento de los partidos. La democracia y la participación no pueden continuar siendo un discurso abstracto del que se aprovechan los más avispados.

@herejesyluis

Posdata: A propósito de  nuevas realidades políticas; de la revolución de las TIC y la era digital, El Espectador en su editorial del sábado recoge oportunamente el debate sobre la injerencia Rusa en las elecciones norteamericanas (Ver aquí). Es indeseable que Facebook o cualquiera, a nombre propio, se convierta en “Guardián de la Verdad”, pero no tanto menos que se sigan divulgando mentiras y engañando, permitiendo el acceso al gobierno de los más “vivos y tramposos” sin ninguna responsabilidad editorial.

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