Por: Eduardo Barajas Sandoval

India a la Modi

Mientras el mundo mira perplejo las aventuras populistas, y las jugadas más de magnate que de estadista, del presidente de los Estados Unidos, el proceso político de la India no debe pasar desapercibido.

A lo largo de cuarenta días, entre abril y mayo, novecientos millones de indios fueron convocados a votar, una vez más, en la que se considera la jornada electoral más grande de la historia. El diez por ciento de los ciudadanos del mundo, cuatro veces más que los de los Estados Unidos, debía decidir a quién se confiaría el destino de un país, potencia cultural de primera línea, que está a punto de convertirse en la quinta economía del planeta.

No se trataba, sin embargo, solamente de la economía. Se decidía sobre la persona, y el equipo, a cuyo cargo quedarán por cinco años decisiones que producirán efectos en la vida de mil trescientos cuarenta millones de personas, dentro de un espectro social que va desde quienes viven en medio de pozos de aguas negras, hasta quienes manejan empresas de talla mundial, o representan una comunidad científica de las mismas proporciones, y disponen de estudiantes de todas las edades, sobresalientes por su interés en entenderlo todo e inventar cosas nuevas. Con la circunstancia adicional de tratarse de una potencia nuclear, que juega un papel relevante en el panorama de la política y la seguridad internacionales.

De las 545 curules de la Cámara Lok Sabha, dos corresponden a los ingleses que quedaron en el país. Las 543 restantes son provistas directamente por los ciudadanos, que ya en 2014 habían conferido una amplia mayoría al Partido de la derecha, Bharatiya Janata, una de las dos grandes formaciones políticas del país, en detrimento del Congreso Nacional Indio, el partido histórico de la familia Nehru - Gandhi.

La elección que acaba de terminar, con una victoria ahora de verdad aplastante del Janata, significa que, también al continente asiático llega una especie de oleada de derecha, en esta oportunidad liderada por un partido que, si bien no ha arreglado a fondo los problemas de las mayorías, tiene discurso suficiente para que, a pesar de sus deficiencias, los votantes encuentren motivación para confiar en alguien que les dice lo que quieren oír.

Los comicios del presente año eran vistos por muchos, incluso los grandes protagonistas, como un referendo en favor o en contra del Primer Ministro Narendra Modi. Y no es que su gestión hasta ahora haya cambiado el panorama social o económico del país de manera ostensible, sino que la fuerza de su imagen, y su capacidad de explicar lo que hace, y lo que deja de hacer, ha conducido a una experiencia de seducción política de grandes proporciones.

Si bien es cierto que, bajo su mandato, varios cientos de millones de indios salieron de la pobreza, el desempleo de la gente joven sigue siendo elevado y las ganancias de la gente del campo no mejoran. Pero, aun así, y luego de gestos de nacionalismo, preocupantes para la estabilidad de la región, en la perspectiva de la conflictiva relación con Pakistán, o de la discriminación contra la minoría musulmana de 200 millones de indios, la marcada preferencia y un entusiasmo desaforado por el Partido Janata, le han dado cinco años cruciales para avanzar con su programa, después de lo que se vino a convertir en “una batalla por el alma de India”. Batalla que piensa continuar con el tono ya conocido de “manos libres” para las fuerzas de seguridad, lo mismo que para los grandes negocios, caso omiso ante la misoginia y menosprecio por quienes, como los musulmanes, no formen parte de la comunidad hindú.

A sus sesenta y ocho años, un hombre salido del seno de la India profunda, hijo de un comerciante de té, que hizo su carrera en las filas de partidos de la derecha, uno de ellos con sus propias milicias, a la manera de las formaciones de la derecha europea de la pre guerra, ha sido capaz de seducir, por su cuenta, a cientos de millones de electores, sin que aparezcan por lado alguno las huellas de ninguna dinastía política, de aquellas que de manera ciega acostumbran a mantener un electorado que parecería necesitar simplemente de un apellido para seguir una causa.

La refrendación del mandato de Modi no ha sido bien vista en todas partes. Editoriales de la prensa británica, por ejemplo, han criticado su éxito político, pues consideran que “el mundo no necesita de otro líder nacional populista que persiga una agenda en favor de los negocios mientras comercia con noticias falsas y trata a las minorías como ciudadanos de segunda clase”. Como lo dijo The Guardian en un editorial del 23 de mayo.

Dentro de la misma “batalla” por el alma del país, el espectáculo parece desolador en cuanto no figura, por el momento, ninguna fuerza que ejerza contrapeso a la tendencia que representa Modi en el poder. El resultado electoral, con 303 de los 272 requeridos para hacer mayoría, en manos del Janata, y solo 55 para el Congreso Nacional Indio, que ha representado tradicionalmente a la izquierda, así lo demuestra.

Pero las cosas no serían tan graves, después de todo, si el Congreso Nacional Indio, fundado desde el siglo XIX, protagonista de la independencia, liderado nada menos que por Jawaharlal Nehru, y luego por su hija Indira Gandhi y sus descendientes, no se hubiera desvanecido en medio de la inocuidad de sus propuestas y la corrupción creciente en sus filas.

El líder actual del Partido, Rahul Gandhi, puesto allí en virtud de una auténtica tradición dinástica, (hijo de Sonia la italiana esposa de Rajiv, a su vez hijo de Indira, la hija de Nehru), resultó derrotado en su aspiración de ir siquiera al Parlamento, por una actriz convertida en política en la circunscripción tradicional de la familia. Humillación de alguna manera subsanada por el hecho de que, en virtud de la organización electoral india, se puede competir en varias circunscripciones, de manera que, al haberse inscrito también en otra parte, no se queda por fuera.

El golpe a la dinastía, en todo caso, ha sido asestado. Claro que el Clan conoce del oficio y sabe que, en primer lugar, difícilmente los miembros del partido se atreverán a relevar fácilmente a un Gandhi de la cabecera. También saben que, en política, existe una distancia grande entre la derrota y la muerte. Entienden que, al declararse culpables, las filas del partido se cerrarán en su entorno y muchos otros ayudarán a cargar la culpa. Y conocen de memoria el libreto del anuncio de nuevas victorias, que siempre producen un fresco de esperanza. Además, conforme al estilo del Partido y del país, a pesar de la incredulidad actual de la gente, conservan la fe en que su saga no va a desfallecer para siempre. En su lógica, ahí queda Priyanka Gandhi, la hermana de Rahul, por si acaso. Con uno de esos apellidos acostumbrados a obrar milagros, en sociedades acostumbradas a tener ídolos que algunos apoyan por el hecho de representar una “casa”, institución cultural que prefieren, en reemplazo de los partidos políticos.

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