Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Indígenas, noticieros y esposas golpeadas

Columnistas como Rodolfo Arango ya han ofrecido una buena caracterización de lo que se puede discernir de los confusos hechos del Cauca, y de lo que cabe esperar: que haya una resolución civilizada del episodio.

Creo que los indígenas se equivocaron, tanto por los métodos empleados como por el contenido de su reivindicación. Por lo demás, pusieron al Gobierno en una situación imposible, perjudicando severamente su propia causa.

Pero eso no quiere decir que la respuesta histérica —a veces con un contenido racista apenas disimulado, como cuando un portal web tituló su comentario “¡Muchos indios!”— o violenta sea la adecuada. La televisión se dedicó precisamente a atizar la histeria. La forma en que cubrió el conflicto me pareció muy unilateral. Los noticieros hicieron énfasis permanente en la alianza de los indígenas con las Farc y otros agentes ilegales, torciendo la barra para imponer ese mensaje. Por ejemplo, en Caracol Noticias un periodista que entrevistaba a dos representantes de los indios terminó su interrogatorio de la siguiente manera: “¿Su protesta está infiltrada por las Farc y el narcotráfico? Respóndanme sí o no”. Cito de memoria, así que puede que haya alguna diferencia entre esta expresión que transcribo y la que efectivamente se utilizó. Pero no creo estar incurriendo en una deformación del sentido.

Si esto es así —es decir, si no entendí equivocadamente la pregunta— entonces ésta encierra una trampa. Hace ya décadas el filósofo del lenguaje John Austin mostró con unos buenos ejemplos que hay preguntas minadas, que no se deben contestar, y menos aún si a uno lo limitan a la disyuntiva de afirmar o negar a secas. El ejemplo de Austin era: “¿Has dejado de golpear a tu mujer?”. Si digo que sí, estoy admitiendo que antes lo hacía. Si digo que no, convengo en que estoy persistiendo en la nefasta práctica. Con respecto del caso del que hablo, piense el lector en preguntas alternativas. ¿Está el Estado colombiano (el Ejército, el Congreso, la justicia, la agencia que a usted se le ocurra) penetrado por el narco y la guerrilla? Pues sí. ¿Las universidades? Vale, también. ¿Los medios? Hombre, cómo te dijera... ¿Las asociaciones de odontólogos? Tal vez, posiblemente. La intención detrás de la pregunta era obvia. Si los entrevistados contestaban que no, quedaban como unos embusteros, y si contestaban que sí deslegitimaban a sus propias bases como títeres de la ilegalidad. Pero eso no es juego limpio.

Uno de los muchos problemas de la histeria es retratar en blanco y negro cosas complejas. Con seguridad las guerrillas y el narco tienen presencia en ese, como en muchos otros territorios. La otra cara de la moneda es la siguiente. Los indígenas han sido sistemática y brutalmente agredidos por las Farc, y la abrumadora mayoría de sus liderazgos sienten un gran malestar hacia ese grupo. Este es un aspecto fundamental de la tragedia que estamos viendo en vivo y en directo, que revela la cortedad de miras de nuestras autoridades y de nuestros voceros pro sistema, que sólo tienen un libreto de respuesta a los desafíos (acusar al otro de cómplice de las Farc) y que por consiguiente carecen de la flexibilidad mínima para ganar apoyos para el Estado.

Con respecto de la Fuerza Pública, los soldados a quienes sacaron mostraron gran autocontrol. Muy bien. Porque las armas de la República no se deben manchar con sangre de civiles. Pero el país debería recordar que en el pasado la presencia de los organismos de seguridad no protegió a los indígenas ni cuando fueron bombardeados por las Farc, ni cuando los masacraron los paramilitares. Fueron masacres enormes, que merecieron poco o ningún cubrimiento en la televisión. Eso no justifica el acto que se discute por estos días, pero sí lo contextualiza. Estos colombianos martirizados y exasperados no tienen el derecho a violar la ley, pero sí a que los escuchen. En serio, y ya.

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