Por: Juan David Correa Ulloa

Indignación

Este libro debería ser de lectura obligatoria en los cursos de enseñanza secundaria y universitaria en donde todavía importe la historia reciente de Colombia.

Debería ser obligatorio para los estudiantes de derecho que quieren ser jueces en un país que no los respeta. Debería ser un texto de consulta de los aspirantes a Senado y Cámara, así como de los candidatos a las consultas presidenciales, entre quienes, aún hoy, a veinticinco años de infamia, se encuentran campantes nombres como el de la ex ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín Posada, que mandó a callar las radios y a emitir un partido de fútbol para que los militares se dieran su banquete de sangre ese infausto 6 y 7 de noviembre en el cual un comando del M-19, al mando de Andrés Almarales y Luis Otero, se tomó el Palacio de Justicia, en una especie de autoinmolación ingenua.

Lo debería leer cualquiera que quiera conocer cómo en Colombia las mentiras son moneda corriente. Deberían leerlo todos los protagonistas de esa historia, aunque muchos fueron asesinados vilmente. Y los periodistas. Por lo menos aquellos que no han querido inquirir qué pasó ese día en el cual el entonces presidente Belisario Betancur dejó de gobernar por 27 horas y dejó todo el poder de decisión en generales y coroneles que hoy siguen negando la sangría y el horror. Deberían revisarlo en los manuales sobre cómo no pronunciarse sin conocer los hechos desde los medios de comunicación como lo hizo el diario El Tiempo celebrando el triunfo de las fuerzas militares sobre el de las fuerzas oscuras del terrorismo. Lo deberían leer también los aspirantes a héroes que creen que empuñando las armas se puede cambiar algo. Lo deberían estudiar cada uno de los ministros de la época para ver cuánta pusilanimidad hubo en sus actos.

Lo debería leer cada habitante de este país para saber y entender cómo las versiones oficiales han hecho carrera en nuestra mentalidad —no me diga usted, querido lector, que no ha oído eso de que el M-19 se tomó el Palacio para quemar los papeles de la extradición—. Lo debería leer cualquier persona del común para que se dé cuenta de cuánto desprecio, cuánto cinismo, cuánto miedo y cuánta sangre se ha derramado en este país por cuenta de unos cuantos que saben lo que vale el ocultamiento de la historia. Hay familiares de las víctimas que llevan leyéndolo más de veinte años sin que pase nada. Se llama El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana. Lo escribió una valiente y documentada periodista colombo-irlandesa llamada Ana Carrigan.

El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana, Ana Carrigan, Icono Editorial.

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