Por: Nicolás Rodríguez

Indignación pop

Todo indigna. Desde el congresista borracho hasta la borrachera del congresista. El bollo perfumado indigna. La violación indigna. Jota Mario indigna. El Congreso indigna. Sus reformas indignan. El toreo indigna. El himno nacional cantado por Shakira indigna. El Frente Antiterrorista indigna. Indigna hasta una columna en una revista de entretenimiento. Y la indignación es total.

No se sabe qué es peor: si cuando nadie se indignaba por nada (o no nos enterábamos), o ahora que todos nos indignamos por todo y al mismo tiempo. Como con ritmo, que va y viene (¿ritmo de ola verde?). Pero algo va de la violación descarnada a la ordinaria burla de las gordas. Algo hay, alguna gradación, entre esto y lo otro. Entre el caso Azcárate y el caso Santoyo.

De pronto la propia diva de Soho dijo algo rescatable cuando habló por radio desde París y hasta osó dirigirse a la gorda (y paciente) Fabiola en términos de “yo a ti te apapacho, gordita querida”, como si en verdad se tratase de un tierno peluche: en Colombia hay otros temas, no tiene sentido gastarles tanta energía a sus burdos despropósitos.

¿Y es que a dónde va a dar tanta indignación? ¿A qué llevan esos cinco minutos de enfurecimiento colectivo? ¿Cómo hacer, pues, para que las razones de la indignación no sean todas moralmente equiparables? (¿Vale lo mismo el fiestón de alias Fritanga, con su reflujo, que las víctimas de la violencia de los ‘Urabeños’?) ¿Qué hacer, en últimas, para no terminar como el padre Llano orando y pidiendo, una vez más, para salir de la supuesta crisis moral de nuestro tiempo?

En la mañana de ayer, mientras buscaban tema del día, un periodista de radio le dice al otro: lo del Cauca es muy pesado para hablar de eso un viernes. Y esa es una de las fuentes que moldean y dirigen nuestra indignación, que le dan sentido e imponen su ritmo. Ritmo de indignación pop.

 

 

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