Por: José Fernando Isaza

Indignados

Se está produciendo, a escala planetaria, un movimiento social y de toma de lugares públicos por parte de los jóvenes.

La primavera norafricana produjo la caída de regímenes autoritarios. En España, el movimiento 15-M está forzando cambios en la representación política y en la económica. En Chile, los estudiantes, con su exigencia de mejor calidad educativa y rechazo a la educación superior con ánimo de lucro, han contribuido a la bajísima popularidad del presidente Piñera. En Colombia, con la bandera del rechazo a la reforma de la ley de educación superior, se han efectuado movilizaciones que, por la participación, recuerdan a las efectuadas en los años setenta.

Los países en los que se producen los movimientos juveniles tienen una característica común: el alto nivel de desempleo en los jóvenes. En Túnez el 31,2%, en Inglaterra el 25%, en Grecia el 36%. El caso de España supera a todas las anteriores, no sólo por su magnitud sino también por la negativa tendencia; entre el 2005 y el 2010 el desempleo subió del 22% al 42%. En Colombia la cifra llega al 26,3%, más que duplicando la tasa global de desempleo, y doblando las cifras de Venezuela y Perú.

Hay una insatisfacción por las políticas públicas que no están generando expectativas de un mejor futuro para la juventud. Por razones demográficas y la falta de ahorro para el pago de las pensiones, los países están obligados a aumentar las edades de jubilación, creándose un efecto adicional perverso: se cierran oportunidades de trabajo para las generaciones menores. Cuando se llega a la tercera y última edad, la aspiración normal es tener un ingreso sin trabajo; los jóvenes aspiran a un trabajo con ingreso, no sólo como una forma de satisfacer sus necesidades económicas, sino también como la forma de fortalecer su autoestima y su necesidad de poner en práctica su formación. Con razón, dicen, somos más educados que nuestros padres y abuelos y ellos nos están quitando la posibilidad de demostrar nuestras capacidades.

Reclaman ingreso y trabajo. Algunos países con el subsidio de desempleo matizan la angustia de no tener ingreso. Un novelista finlandés, Arto Paasilinna, con un excelente humor negro describe en su obra La dulce envenenadora la sensación de no futuro de los jóvenes desempleados en una sociedad rica en un Estado benefactor.

Los ‘ocupas’ de Wall Street tienen características diferentes. No son tan jóvenes, protestan por la pérdida de su vivienda, consecuencia de la crisis hipotecaria, y por la injusticia reflejada en los altos salarios y millonarios bonos que siguen recibiendo los causantes del desastre financiero, que arrasó con las fuentes de empleo de los manifestantes. Consideran un deber expresar su rechazo a un injusto sistema fiscal que cobra tasas impositivas menores a los millonarios que a las clases medias. Es interesante mencionar que, en Colombia, las reformas tributarias hechas en la anterior administración también redujeron los impuestos a los más ricos y, adicionalmente, les otorgaron regalos fiscales y discriminaron contra el empleo de ofrecer exenciones al capital. Algunos economistas plantean la hipótesis de que en Colombia el desempleo juvenil no es tan elevado por el alto nivel de subempleo (32,5%) y el elevadísimo del empleo informal (63%). Una mala solución, pero atenuante del desempleo abierto.

*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

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