Por: Columnistas elespectador.com

¿Indignados?

Quizás un Estado de furor mediático sea el que haya llevado a la prensa colombiana en conjunto a registrar con ímpetu la acción de desalojo que ejerció la Guardia Indígena contra los militares dispuestos en el cerro Berlín de Toribío (Cauca).

El Espectador tituló: “Desplazados”; Noticias Caracol destacó la imagen del sargento Rodrigo García llorando y al final concluyó con que “los colombianos están indignados”. El Tiempo, fiel a su estilo (el de defender el statu quo), realzó en primera página las palabras del presidente Santos que se refirió al hecho con la despótica frase: “Todo tiene un límite”.

En general, los medios de comunicación colombianos se conformaron con poner a circular las imágenes en las que los indígenas evacuan a los militares usando cierto tono de amarillismo y, acto seguido, una gran cantidad de colombianos —de quienes se suele decir que somos un pueblo sin memoria— pusieron el grito en el cielo.

Pero el inconveniente no es tanto la gran trascendencia que se le dio al hecho; incluso hay que reconocer que hubo abuso de fuerza por parte de la Guardia Indígena. El inconveniente es que con el huracán mediático de esta semana quedó en evidencia la poca trascendencia que se les ha dado a las acciones en las que son los militares los verdugos del pueblo nasa del Cauca.

El 16 de septiembre de 2006, el niño indígena Wílder Fabián Hurtado fue asesinado en una vereda de Jambaló por un explosivo lanzado por el Ejército Nacional. El 1° de febrero de 1988 miembros del Ejército Nacional asesinaron —luego de sacarlo de su propia casa— a Germán Escué Zapata, un joven de 21 años que ya había tenido recorrido en cargos menores de la organización indígena nortecaucana. Para no ir muy lejos, en varias marchas de protesta contra el incumplimiento de compromisos adquiridos por el Gobierno han sido golpeados e incluso asesinados integrantes del movimiento indígena a manos del Escuadrón Móvil Antidisturbios, como es el caso de Pedro Poscué, quien perdió la vida en el resguardo indígena La María–Piendamó (Cauca) en 2005.

Aquí el asunto es que indudablemente no hay una justa difusión de la información. Tiene más peso mostrarles a los colombianos un video en donde un militar llora que destacar los actos de etnocidio y humillación a los que han sido sometidos por las Fuerzas Armadas estatales muchos de los indígenas que se han atrevido a reclamar legítimamente sus derechos. Ante estos hechos sí valdría la pena decir: “Esto no se le hace a un colombiano”.

Es cierto que el Estado tiene en sus militares la herramienta necesaria para conservar la seguridad y el orden en todo el territorio nacional, pero también es paradójico —y también contraproducente— que a nuestras comunidades, olvidadas durante mucho tiempo, la única cara del Estado que se les muestre ahora sea la de un hombre armado que viene a imponer la lógica de la guerra y a presumir de víctima.


* Fabián Norbey Moreno Ramos, estudiante de Ciencia Política de la Universidad del Cauca y excandidato al Concejo Municipal de Jambaló (Cauca).

 

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