Por: Elisabeth Ungar Bleier

Indignémonos contra la corrupción

Entre el 14 y el 16 de octubre se realizó en Berlín la Asamblea Anual de Transparencia Internacional, con la participación de más de 400 delegados de 106 países.

En la reunión se analizaron los principales retos y oportunidades que hoy en día representa la lucha contra la corrupción, por la transparencia y la integridad en todo el mundo. Pero también fue un espacio para conocer y compartir estrategias, conocimientos y experiencias con miembros de organizaciones de la sociedad civil y de activistas para combatir este flagelo, que está presente en todas partes y trasciende todas las fronteras y tipos de gobierno. Si bien sus manifestaciones e intensidad varían, y las políticas y acciones para combatir la corrupción también son diversas, hay algunos elementos en común.

Uno de ellos es el creciente descontento de cientos de miles de ciudadanos alrededor del mundo que se están movilizando para protestar contra los corruptos y exigiendo medidas por parte de sus gobiernos y de la comunidad internacional para que comiencen a actuar y a castigar a los culpables. Basta recordar que la llamada “Primavera Árabe” comenzó en Túnez cuando Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas, se inmoló después de que un policía le exigió dinero para permitirle que siguiera vendiendo, pero él se negó a dárselo, como lo había tenido que hacer en varias ocasiones. Luego ésta se extendió a varios países árabes, donde la corrupción fue uno de sus principales detonantes y culminó con el derrocamiento de varios gobiernos. El Movimiento de los Indignados, que se ha tomado las plazas y las calles de las principales capitales y de otras ciudades de Europa, es otro ejemplo del hastío de la ciudadanía por la corrupción, tanto en el sector público como en el privado, y por la impunidad que rodea estos delitos. Y más recientemente, las protestas contra los abusos del sector financiero que comenzaron en Nueva York y que se han extendido a otras ciudades en los EE. UU., demuestran que las movilizaciones han alcanzado niveles insospechados.

Aún es prematuro saber qué efectos concretos van a tener estas manifestaciones. Por ejemplo, si se van a traducir en expresiones de participación ciudadana organizadas y duraderas. O si gobiernos y el sector privado, incluyendo a las grandes multinacionales, van a comenzar a tomar medidas eficaces para enfrentar la corrupción tanto en sus países, como en aquellos donde hacen los mayores negocios.

Lo que sí es claro es que en muchos lugares del mundo los ciudadanos están comenzando a comprender que la corrupción afecta su vida diaria. Y están empezando a entender que la impunidad es el mejor aliado de los corruptos. Las elecciones del próximo 30 de octubre en Colombia deberían ser una oportunidad para que millones de votantes empiecen a protestar en las urnas, con su voto, contra quienes se han apropiado de recursos públicos en beneficio propio o de terceros; contra quienes están financiando campañas, esperando a cambio obtener favores; contra quienes abusan de su poder e influencia para incidir indebidamente en las decisiones de los electores. Para que nos indignemos contra la corrupción.

 

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