Por: Julián López de Mesa Samudio

Individualismo y egoísmo: Transmilenio y la modernidad

NOS GUSTE O NO EL SISTEMA DE TRANSporte masivo de Bogotá (Transmilenio), es un claro ejemplo de la apuesta que nuestro país ha hecho por alcanzar la modernidad. Sin embargo, el uso de Transmilenio por parte de nosotros, los usuarios, demuestra hasta qué punto estamos mal preparados para ser una sociedad verdaderamente moderna.

Aunque no es este el espacio para debatir exhaustivamente acerca de la modernidad y sus características, huelga decir que Transmilenio propende por cumplir algunas de las particularidades más sobresalientes de un sistema moderno. Ante nada el sistema es pulcro y se hace un gran énfasis en la limpieza tanto de buses como de estaciones. No se ven sillas rayadas o rotas y cuando esto ocurre son inmediatamente reemplazadas por otras. En las estaciones siempre hay personal de aseo constantemente limpiando las mismas. Para que un sistema de este tipo sea moderno, y por lo mismo eficaz, ha de ser limpio; pero también debe ser ordenado y es aquí donde empiezan los problemas.

Aunque el sistema en sí está diseñado para cumplir con unos precisos preceptos de orden, tales como la compra de pasajes en sitios preestablecidos y claramente conocidos; el hecho de que el conductor de los buses no hable con los pasajeros ni se involucre con ellos de ninguna forma; que haya unos horarios fijos de llegadas y salidas de los articulados, con unas rutas y unas paradas previamente establecidas y respetadas estrictamente; que los tiempos de espera sean conocidos y en buena medida observados; e incluso que todos los buses sean parecidos y estén pintados del mismo color, ejemplifican hasta qué punto el orden es un prerrequisito de eficacia y modernidad.

Sin embargo, el problema empieza, como dije atrás, con los usuarios del sistema. Aunque hay funcionarios de Transmilenio cuya única función parece ser que haya orden en las entradas y salidas de los buses, su labor es casi siempre infructuosa. Y esto tiene que ver con otro precepto de cualquier sociedad que pretenda ser moderna y que en nuestro caso no se cumple a pesar de los esfuerzos: los miembros de una sociedad moderna tienden a ser autocontrolados; es decir, que en las sociedades modernas sus individuos se autorregulan y, por lo tanto, no necesitan a otras personas que los vigilen y controlen. Nosotros, los usuarios de Transmilenio, necesitamos vigilantes para no colarnos o para no abordar periféricamente el bus sin hacer la fila (la “viveza” tan celebrada en nuestro medio). Al no haber vigilancia ni autocontrol dentro de los buses, los “vivos” no tienen ningún problema en sentarse en el piso sin importarles la comodidad de los demás. Empujar, agredir, rozar indebidamente, ser indiferente ante las necesidades de los demás, no aceptar jamás la propia responsabilidad, son subproductos de la adopción forzada de un individualismo mal aprehendido. Individualismo que se impone cada vez con mayor fuerza en el mundo moderno, pero que en nuestro medio se confunde con egoísmo. El individualismo de las sociedades modernas va de la mano con la idea del autocontrol y es por esta razón que en dichas sociedades esos mismos individuos se responsabilizan pública y privadamente de sus actos, asumiendo las consecuencias de los mismos.

Termino con una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que ustedes, queridos lectores, aceptaron o vieron que alguien aceptara su propia responsabilidad sin necesidad de coacción de ninguna autoridad?

 

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