Por: Andrés Hoyos

Indolentes

Pensaba dedicarle esta columna al portazo indigno que el muy rico Grupo Carvajal le ha dado a la literatura con el anuncio de que Norma, su editorial de tantos años, abandona sin remordimientos la edición de libros para adultos, pero me pareció deprimente.

Baste con decir que no ser capaces de armar un gran catálogo y una distribución adecuada en el mundo hispánico teniendo, como tuvieron, lo obra de García Márquez para los países andinos, habla de un cúmulo de desaciertos colosal.

La cultura, el poder y el dinero no habitan el mismo cuadrante de la rosa náutica en Colombia. Aunque los ricos y los poderosos sí quieren cultura, la quieren a dos por cinco, o gratis. Es posible que este divorcio se haya incubado por allá en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando los que hoy mandan en el país estaban en el colegio o en la universidad. La cultura en ese entonces solía tener un claro sesgo izquierdista y no pocas veces fue mamerta del totazo y amiga de los grupos armados. Hay muchos ejemplos, pero piénsese nada más en la drástica radicalización del teatro de la época y se tendrá una idea. Los años, sin embargo, han pasado y hoy ninguna persona sensata le pide orientación ideológica a un artista, porque sabe que la habilidad de alguien para inventar personajes o para pintar lienzos impactantes no significa que ese alguien vea con claridad para dónde va o debe ir un país.

La consecuencia más dañina de todo ello es que las inopias o los traumas culturales vividos por los futuros mandamases de nuestra sociedad en los años de su formación los tornaron indolentes. Por ello, en vez de superar el trauma y volverse a “casar”, ahora sí con una cultura democrática, abierta y desinhibida, optaron por seguir célibes. Gente como los Carvajal no entiende que la cultura, así muchas veces resulte crítica e irritante, constituye un elemento insustituible de vitalidad y de riqueza colectiva que no se logra por ningún otro medio. ¿No es Nueva York más que Miami, para no hablar de Bogotá, por tener el Metropolitan Museum, el MOMA y toda esa pléyade de instituciones de cultura, tanto alta como popular, que tiene?

Yo diría que la parsimonia cultural de los poderosos en Colombia —y en la mayor parte de América Latina— corre parejas con su tacañería con la educación superior, sobre todo la pública. La riqueza en estos países gusta de puertas para adentro, privada, con grifos de oro y tal, así luego obligue a los ricos a ser acomplejados cuando llegan a las grandes capitales del mundo. Nuestra plutocracia es una plutocracia adolescente. Atesora lo que tiene, lo cuenta y lo recuenta, pero no sabe para qué otra cosa sirve que no sea comprar yates, apartamentos o aviones.

¿Y del Estado qué? El Estado colombiano, sobre todo el nacional, trata a la cultura como si fuera la hija natural de un tío calavera. No la deja morir de hambre, pero tampoco le permite pertenecer a la familia con pleno derecho. En México, un país no tan diferente del nuestro e igualmente emproblemado, el Estado tiene una gran editorial, el FCE. Nada parecido hay en Colombia ni, según parece, podría haberlo. Así, nos acabamos de quedar sin una editorial colombiana que cubra el amplio territorio de la lengua española. Mucho pedir, aparentemente. Éramos catorce y parió la abuela.

Los medios, cómo no, también son indolentes: el tremendo golpe dado a la cultura nacional apenas mereció una nota rauda en un lugar perdido del periódico. Eso somos.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

 

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