Por: Rodrigo Lara

Inequidad tributaria

La revuelta estudiantil chilena causó sorpresa en muchos por ocurrir en un país considerado modelo en Latinoamérica gracias a los éxitos económicos y sociales alcanzados.

Sin embargo, hechos semejantes los ofrece la historia en abundancia. Señalaba Tocqueville en su obra El antiguo régimen y la revolución, que no siempre se llega a la revolución yendo de mal en peor. A los pueblos les parece más insoportable su posición cuanto mejor es. Los males que se sufrían recientemente como inevitables parecen insoportables desde que se concibe la idea de sustraerse de ellos. Precisaba también que los males que se cortan ponen más al descubierto los que subsisten; el mal es ciertamente menor, pero la sensibilidad es más viva.

Podríamos decir que esto explica la intolerancia del colombiano de hoy a hechos violentos que antes aceptaba como del giro ordinario del acontecer nacional. Podríamos inclusive atrevernos a decir que estas vicisitudes explican el paralelo avance de la subversión con los patentes progresos sociales del frente nacional. Hace unos años los colombianos no teníamos fe en el futuro del país. Hoy, por el contrario, el discurso del Gobierno nos dice que el país no tiene límite para su crecimiento. Esta sensación de progreso hace a los hombres más exigentes en sus demandas de políticas públicas. Como señalaba Tocqueville, el atractivo de la próxima felicidad hace a los ciudadanos insensibles a los bienes que gozan y los precipita a nuevas cosas porque a los hombres les parece más insoportable su posición cuanto mejor es. Como consecuencia de esto el debate público ya no se reduce a la seguridad. La agenda pública de hoy torna alrededor de temas como la Ley de Víctimas, la repartición de tierras, el subsidio al desempleo o la lucha contra la corrupción.

Las nuevas reivindicaciones y las consiguientes políticas van poniendo al descubierto la necesidad de nuevas fuentes de ingreso fiscal para el Estado, como también revelan nuevas desigualdades que antes no se veían tras la cortina de algunas más opresoras.

Una de ellas es justamente la desigualdad de los colombianos frente al impuesto, una de las más explosivas en términos de paz social. Colombia tomó el camino de entregarle el privilegio de la exención al rico y no al pobre. Una desigualdad que agrava y conserva todas las demás, retomando a Tocqueville. Aquí no se gravan los dividendos y el impuesto al patrimonio es temporal. En contraste, se grava el empleo con los regresivos parafiscales y la tendencia ha sido ampliar la base del IVA, el impuesto indirecto que pagan todos sin distinción de ingresos. La anunciada reforma tributaria estructural puede ser una oportunidad para remediar estos esquemas inequitativos y para desactivar futuras tensiones sociales. De nada sirve repartir tierras y auxilios si los van a pagar los mismos beneficiarios.

En últimas, los estudiantes chilenos de clase media salieron a las calles porque no toleran las desigualdades entre la educación pública y la privada. Llegará el día en que los colombianos lo hagan porque no soportan que no se grave a quien mejor puede pagar el impuesto y se obligue a hacerlo a quien menos puede defenderse contra la imposición.

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