Inequidad y COVID-19

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Mads Bahrami —sacerdote de la secta satánica a la que pertenezco— encontró, utilizando datos estadounidenses, que el COVID-19 golpea más duro a las poblaciones más viejas y a las de menor ingreso. Cuando se baja en el país del norte de 60.000 a 30.000 dólares de ingreso familiar al año, las tasas de mortalidad pueden hasta duplicarse (advertencia: su ensayo es inevitablemente tentativo y usa como unidad de análisis el corregimiento y no el individuo). Con respecto del ingreso, parecería haber un efecto de umbral: pesa menos por encima de entradas de 60.000 dólares al año. Si usted gana 120.000 está expuesto básicamente al mismo riesgo que si gana 60.000. Mi conclusión: la clase media alta y los ricos del mundo no están a cubierto, pero sí bastante más protegidos que el resto de la población (Bahrami se está basando en un artículo científico que leyó, y cuyas conclusiones desarrolla; logra armar unas visualizaciones notables del tema, que el lector puede encontrar en https://bit.ly/2xCJ3X8).

Esto corrobora lo que otra evidencia está sugiriendo a gritos: la pandemia no solamente no suspende —y a veces hace más acerbos— los conflictos distributivos que ya había antes de que ella estallara, sino que crea unos nuevos que son, a veces literalmente, de vida o muerte. Sumando unos y otros se puede elaborar la siguiente lista de la agenda básica acerca de la relación entre desigualdad y pandemia. Primero, los pobres y los marginados podrían estar mucho más expuestos a contraer el virus y a morir después de que hayan enfermado. La dramática situación de nuestras cárceles es una buena ilustración de esto. A propósito: el —me perdonarán acudir a un colombianismo aquí, pero no encuentro mejor manera de decirlo— chichipato decreto gubernamental de excarcelación no solucionará ni de lejos el tema. Como fuere, este es un ejemplo entre muchos posibles. Segundo: las medidas para frenar la expansión del virus afectarán a los pobres y a los trabajadores manuales de manera desproporcionada. Y especialmente a algunos de entre ellos. El sector social de mayor crecimiento demográfico en el mundo en los últimos lustros —los informales urbanos— será brutalmente golpeado. Algunos de ellos serán empujados directamente hacia el hambre. No hablemos ya de diversos sectores del campesinado. Tercero, durante el período de confinamiento miles de mujeres serán crecientemente el blanco de diversas modalidades de violencia doméstica. Esto seguramente sea aplicable también al subsiguiente período de “semimovilidad” que nos espera. Algo similar puede decirse de niños que viven dentro de (las decenas de miles de) familias maltratadoras o abusadoras. Cuarto, personas en posición privilegiada pueden tratar de aprovechar la crisis para capturar rentas; es decir, para volverse más ricos y más poderosos. En Colombia un sector crítico es claramente la contratación: el hecho de que en cierto sentido el nuestro sea un “sistema político de contratistas” prende aquí todas las alarmas. Pero no hablo aquí solamente de los políticos. Hay muchos sectores que se encuentran en buena posición para tratar de sacar ventaja inapropiadamente de la situación. Por ejemplo, hay muchos interrogantes serios que se le deberían estar planteando ya a la banca colombiana. Quinto, los viejos, especialmente aquellos que viven solos, son particularmente vulnerables. Sexto: quienes no tienen accesos claves a “movilidad y conectividad” —internet para estudiar, automóvil particular para bajar la probabilidad de contagiarse— quedarán en una situación que rápidamente puede volverse dramática.

Este sería el esquema de una agenda básica COVID-inequidad. Cubierto por un tema más amplio: el redescubrimiento del Estado de bienestar en muchos países, por parte de muchos líderes (incluyendo a algunos a quienes uno no esperaría ver en esas, como Macron). Estoy muy lejos de mirar con malos ojos el voluntariado y las donaciones. Hacen parte de la respuesta. Pero el núcleo de esta tiene que ser la construcción de una política social ajustada a la magnitud del momento.

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