Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Inercias

A mediados de los 50, el detective No. 23 informó a su jefe, en uno de los departamentos de inteligencia, y al ministro de Guerra, sobre los seguimientos hechos en la ciudad de Barranquilla a “elementos subversivos”. “Los comunistas poseen una pequeña imprenta la cual está dirigida por Aníbal Pineda, natural de Pereira. Tienen también una especie de escuela para instrucción de agentes comunistas, una radiodifusora y están preparando actualmente una huelga”, añadió. El detective informó que se clausurarían todas estas iniciativas.

En el transcurso de los 60, distintos gobiernos del Frente Nacional invirtieron en escuelas de detectives e iniciativas y protocolos de seguridad. Con el objetivo de proteger a la nación de un enemigo interno subversivo, se entrenaron hombres no sólo del ejército sino también las policías y otros organismos del Estado. Las entidades carcelarias fueron también educadas en una doctrina de excesos a la hora de castigar y conseguir confesiones por fuera del sumario. Tanto así que en 1950, en una de las cartas dirigidas al entonces jefe de la Sección de Detectivismo, un funcionario del Ministerio del Interior le pidió reconsiderar el trato en las cárceles del país. “Deseo que ud. disponga lo conveniente para que se notifique nuevamente a los detectives que les está prohibido darles a los presos un trato brusco”, afirmó, y concluyó que “el detenido merece respeto y las autoridades no pueden ni golpearlo ni darle ningún otro tratamiento que rebaje su condición humana”.

En los archivos del Ministerio de Gobierno pueden encontrarse algunos de los programas de la formación que tomaban los agentes. En los programas “para curso de agentes secretos” durante el Frente Nacional y el desmonte, se hace énfasis en “la confesión” y la inquisición de testigos, antes que discutir el derecho a la defensa y el debido proceso de los acusados. Estos programas consistían de varias asignaturas. Antes de las materias sobre el significado de “la democracia” y “el esquema de la constitución nacional”, el pénsum incluía un curso sobre la “moral escolástica católica”, con lecciones como “El bien el mal y sus divisiones”, “El alma y sus facultades intelectuales” y “Dios nuestro coronamiento Supremo”.

Y, antes que todo lo demás, la primera asignatura de esta formación para agentes y detectives era sobre la familia. En esta se impartían lecciones sobre los “deberes y derechos de la familia, entre padres e hijos y entre hijos y padres, deberes de los hermanos, el matrimonio y el patrimonio”.

Así, no es extraño que Germán Vargas Lleras hubiera presentado, ante un grupo de generales retirados en Medellín, un programa de seguridad calcado de las enseñanzas del pasado. Sus cuatro pilares, de reducción de la impunidad; fortalecimiento de la Policía Nacional; nuevas acciones “para hacer más efectiva la seguridad ciudadana”, y “lucha frontal contra los delitos de mayor impacto” guardan toda la continuidad con estrategias antisubversivas contra el enemigo interno de los años que sucedieron el Frente Nacional. Promete 50.000 nuevos cupos carcelarios, cárceles funcionando por concesión a inversionistas privados (es decir, con menos controles sobre lo que pase adentro) y aumento de pie de fuerza: 300 policías por cada 100.000 habitantes.

El programa también incluye iniciativas de seguridad privada para que personas, “pensionados, mayores, amas de casa” vigilen y monitoreen el comportamiento de vecinos y conocidos (“el bien, el mal y sus divisiones”) en las cuadras y los barrios del país.

 

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