Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Infantilismos

Parece que el uribismo está decidido a poner a los niños en el centro de su demagogia. Los están utilizando para toda clase de proyectos, desde los que son más siniestros que triviales hasta los que son más triviales que siniestros. Un ejemplo particularmente llamativo es el de Paloma Valencia, a quien ahora le dio por tratar de prohibir las protestas (huelgas) de los maestros. Los instintos liberticidas de Valencia son bien conocidos, y han tenido expresiones tan coloridas como la racista propuesta de partir el departamento del Cauca para que la parte blanca y decente y productiva pudiera desarrollarse en paz, mientras los indios y los negros seguían en lo suyo (protagonizar desórdenes, etc.). Así que esta nueva y genial ocurrencia no sale de la nada.

Lo nuevo es la motivación. Pues Valencia ahora propone que clavemos a los maestros en nombre de los niños, cuyos derechos “están constitucionalmente encima de los demás”. Este diario informa que finalmente Valencia “reculó”. Pero su iniciativa —que, como tantas otras, es un balón de prueba, diseñado para ser reciclado una y otra vez hasta que produzca resultados— es una suerte de declaración oficial: el uribismo descubrió a la infancia.

El descubrimiento es puramente instrumental, como ya se podía observar en la oscurísima propuesta de Duque de lanzar un plebiscito para imponer la cadena perpetua —ahora quizá la pena de muerte— a abusadores de niños. Espero poder ocuparme pronto de esto. El punto es que el uribismo parece creer que su plebiscito tendrá éxito, y que por consiguiente la fórmula merece ser replicada en todos los ámbitos en los que se pueda.

¿Por qué usar la apelación a la infancia? Hay varias razones. Una es que los niños se pueden usar para cualquier acto de ventriloquía, pues carecen de voz pública. Por consiguiente, alguien que quiera usurpar sus voluntades tiene alguna probabilidad de éxito, con tal de que esté dotado del suficiente poder y la suficiente falta de escrúpulos. Pero, hay que reiterarlo, las voluntades de los niños son múltiples. También las de los adultos que tienen, o han tenido, menores a su cargo. ¿Cuánta gente quisiera que la brutal y primaria Paloma Valencia representara a sus hijos? ¿Cuánta gente quisiera siquiera dejárselos a su cuidado? Ciertamente yo no. Pero el punto es que en este particular —la protesta de los maestros— discernir los derechos de los niños no es tan fácil. Me imagino que en su iniciativa Valencia se refería a los que estudian en las escuelas públicas. En ese caso, habría que convenir en que al menos es posible que algunas protestas —aquellas que por ejemplo mejoran la calidad e incrementan la financiación de la educación— podrían tener efectos positivos para ellos. Otras de pronto no.

Pero si uno quisiera dar un paso adicional y mirar el problema desde una perspectiva un poco más general, se encontraría con que —aunque empíricamente algunas protestas puedan ser buenas y otras malas para distintos sectores sociales en general y para los niños en particular— la prohibición de protestar es pésima idea y sólo puede favorecer a unos pocos (en el mejor de los casos). Para los niños, para esos a los que Valencia dice que quiere proteger, puede ser una perfecta desgracia. Represar y bloquear las demandas sociales, impedir que puedan seguir su cauce, es una apuesta segura por la inestabilidad y el deterioro organizacional (y posiblemente la subfinanciación endémica). Con todos sus problemas, la situación actual, esa que quisiera desmontar Valencia hablando inescrupulosamente en nombre de los niños, permite que aquellas demandas sean procesadas a través de una serie de pasos que conocen como la palma de la mano todos los actores involucrados. No suena lindo. Sí: puede ser poco digerible para adultos jugando a ser infantes. Pero funciona mucho, mucho mejor que el torpe y brutal acto de tapar la olla de todas las insatisfacciones.

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2019-07-19T00:00:54-05:00

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2019-07-19T00:15:01-05:00

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