Por: Pascual Gaviria

Infiernos idílicos

Leyendo el perfil de Anders Breivik que intentan los periódicos, viendo las imágenes de su granja en un alto sobre el río Glomma, con un bosque de abedules a la espalda y tres graneros pintados de rojo para lograr un contraste perfecto con el paisaje, lo primero que se me ocurre es volver a los libros de Knut Hamsun —Premio Nobel noruego— en busca de esos personajes ensoñados y solitarios, envueltos en una maraña de ideas pequeñas y torpes en las mañanas y convencidos de cambiar el mundo en las tardes con un tratado escrito a lápiz.

 

Los personajes de Hamsun —un afinador de pianos, un escritor hambriento que intenta empeñar los botones de su chaleco— tienen una característica que parece una simple perogrullada, que podría estar en las coplas más repetidas de las canciones más anodinas: “…la fuente de nuestras alegrías y nuestras tristezas está en lo más profundo de cada ser”. Lo extraño de esos personajes apacibles es que llevan esa frase de cajón hasta unos límites enfermizos: sólo se puede saber de ellos al oír sus monólogos, llevan siempre una pequeña sorpresa que se despierta sin previo aviso.

Breivik era la imagen de un joven perfecto. Una granja dedicada a la agricultura ecológica, una amabilidad sin tacha incluso con los meseros musulmanes del restaurante que visitaba en Rena, el pequeño pueblo donde estaban sus graneros rojos y blancos, una figura para el álbum del típico joven noruego. Sus inclinaciones de solitario lo emparentan con los personajes de Hamsun que vivieron en el mismo campo hace algo más de un siglo. Las escenas de la novela Pan podrían servir como retrato del asesino que acaba de despertar al país nórdico de un largo encanto lejos del mundanal ruido de Europa. Un joven cazador de algo más de 30 años piensa en su cabaña acariciando su perro y el fuego de la chimenea: “A menudo, por la noche, de regreso de caza, la tibia quietud de mi casita me envolvía, produciéndome un éxtasis o agitando todo mi ser con vibraciones dulces... Algunos insectos penetran por la ventana, son menudos, ágiles y bulliciosos; parecen alados pensamientos escapados de la cabeza de un loco”.

En la novela Hambre el personaje también es inofensivo pero exhibe mayores muestras de perturbación. Vive en la ciudad y piensa escribir un artículo “sobre los crímenes del futuro o el libre albedrío o cualquier cosa”. Se declara víctima de invisibles influencias y el roce con un transeúnte lo puede empujar a largas persecuciones por las calles de la ciudad. Siente que Dios ha metido su dedo en sus nervios y ha producido un pequeño desorden.

Parece exagerado acercar a los personajes bucólicos y entrañables de las novelas de Hamsun con el asesino en la isla de Utoya. Tal vez lo único que tengan en común sean las lecturas obligadas de Breivik durante el bachillerato. Pero Hamsun también esconde algo que los personajes de sus novelas no dejan advertir: un gusto por la superioridad racial que lo llevó a apoyar sin remordimientos al nazismo. Incluso a regalarle su medalla del Nobel a Goebbels con esta nota: “No conozco a nadie que de forma tan incansable, año tras año, haya escrito y hablado de forma tan idealista sobre Europa y la humanidad como lo ha hecho usted, señor ministro del Reich”. A sus 29, Hamsun también despreciaba a los pacifistas y tenía una certeza: “Creo en el que nace señor, el déspota natural, el líder, el que no se elige pero se erige a sí mismo en caudillo sobre las hordas de la tierra. Creo y confío en una cosa, el regreso del gran terrorista, en el César”.

 

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