Por: María Teresa Ronderos

Ingenio vs. rudeza

La lucha contra las drogas no es un asunto de justicia penal, sino de salud pública, es la idea central de la recién lanzada estrategia antidrogas del gobierno de Obama. Es valiosa porque empieza a reemplazar la filosofía cowboy de “rudeza contra las drogas”, por una más inteligente de “ingenio contra las drogas”.

Esto en la práctica significa enfrentar el problema con más educación, trabajo comunitario e investigación científica, no sólo para saber qué drogas pueden ser más peligrosas, sino también qué combinación de acciones judiciales y sociales puede llevar a los consumidores a dejar el vicio, y a sacar del ciclo perverso del crimen a aquellos que son violentos. Tiene además medidas osadas, como la de facilitar el acceso a una droga opiácea que sirve de antídoto en casos de sobredosis porque el número de muertos por esta causa, 38.329 en 2010, ya supera el de muertos en homicidios y en accidentes de carros.

La estrategia es valiosa, atrevida en algunos puntos, pero no revolucionaria. “Que yo sepa no encarcelan a otros enfermos, distintos a los adictos, porque no se curan”, dijo con razón Bill Piper, de la organización Alianza para la Política de Drogas (DPA). La política sigue poniendo gran parte de los adictos en manos de jueces que hoy están enviando a la cárcel a más de 750.000 personas cada año por cargar marihuana, según la DPA. Tiene aún menos sentido cuando en 16 estados ya no es delito poseer marihuana de uso personal, y en Colorado y Washington una mayoría votó para que ésta sólo tenga las restricciones de las bebidas alcohólicas.

En lo que nos toca a los latinoamericanos, la política sigue igual de conservadora. La solución es primordialmente policiva y no habla de investigación científica que conduzca a mejores medidas para disminuir la violencia de los carteles o el sufrimiento de las víctimas de esa guerra antinarcóticos. Aseguran que es un triunfo haber matado o arrestado a 23 de los 37 jefes del narcotráfico en México, pero no estudian si se justifica el costo en desaparecidos y muertos inocentes que ha tenido ese logro.

Están aplicando allá y en Centroamérica lo que hicieron aquí, porque dizque el nuestro es un caso de éxito. Aseguran que como la producción de cocaína colombiana cayó en un 72 por ciento desde 2001 y hoy ya sólo producimos 195 toneladas, ya no estamos abrumados por las drogas y que “avanzamos virtualmente en todos los indicadores de seguridad y prosperidad”.

Incluso si aceptáramos la cifra estadounidense (la de la ONU sostiene que producimos 345 toneladas de cocaína), el “gran logro” nos deja en el mismo sitio en el que estábamos en 1994, con el poder de la cocaína comprando campañas políticas y financiando guerrillas y bandas criminales. La violencia sí ha cedido en Colombia, eso es innegable, pero si de veras le metieran ciencia al análisis, la guerra contra el narcotráfico declarada por Reagan hace 30 años ha sido la más costosa y la menos eficaz posible. Costosa en vidas perdidas y en el desvío de esfuerzos y recursos que hemos debido gastar en seguridad y justicia para enfrentar los otros delitos que afectan a la mayoría de colombianos. Ineficaz pues dejó heridas profundas en nuestro sistema democrático y mientras no sanen, no podemos decir que la violencia es cosa superada.

Esta estrategia está inyectando ingenio a la pelea interna contra las drogas, pero para la guerra externa, la receta es la misma rudeza de siempre, y lo más desesperanzador para nuestros vecinos de México y Centroamérica es que nos pongan como el ejemplo para mostrar que sí funciona.

 

 

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