Por: Hugo Sabogal
Beber

Ingerir vs. degustar

Culturalmente, la mayoría de nosotros ingerimos, no degustamos. Menos todavía nos damos a la tarea de descubrir los ingredientes que el cocinero o el creador incluyen en cada plato para enaltecer nuestros sentidos.

Las tres comidas diarias son, simplemente, una forma de llenar el tanque, y poco o nada más.

Esto hace que, en lo colectivo, no hayamos desarrollado la destreza para apreciar lo que esconden las preparaciones o las bebidas alcohólicas y no alcohólicas que nos acompañan en la mesa o en la barra de un bar o un café.

Lejos estamos del concepto de la mesa italiana, tan elogiosa de las capacidades culinarias de la mamma. En torno a ella, cada miembro de familia se inclina sobre el alimento para presagiar con el olfato lo que momentos después se convertirá en todo un festín para el paladar. Y para el espíritu.

Pero antes que mejorar, las cosas van de mal en peor. Hoy es común ver escenas donde la estética del plato sucumbe ante distractores como la televisión, la radio y los celulares. Es más: ni siquiera nos dirigirnos la palabra entre nosotros a la hora de compartir los alimentos.

A toda esta disolución de ritos se le agrega otra aberración: comer encima del escritorio de trabajo, sosteniendo la hamburguesa con una mano, mientras que con la otra se continúa saltando de una casilla a otra en el Excel.

De alguna manera, la pérdida de reacción ante lo simple y lo natural nos está amputando la capacidad de sentir y dejarnos conmover.

Como no renuncio a perder la esperanza, me atrevo a poner sobre la mesa una serie de recomendaciones para revertir este colapso cultural. Les aseguro que comenzaremos a descubrir pequeños momentos de exaltación sin tener que levantarnos de la mesa ni salir de casa.

Lo primero es tomar conciencia de lo que nos llevamos a la boca. Y para eso hay que apagar el televisor, alejar el teléfono y, ante todo, comer despacio. Así, sin afanes, nuestro sentido del gusto nos llevará a disfrutar de texturas y sabores y, de paso, a identificar los ingredientes y a descubrir cómo se integran.

Varios investigadores han llegado a la horrenda conclusión de que distracciones como la televisión, la radio, el computador y el teléfono, a la hora de comer, disminuyen en un 40 por ciento el funcionamiento del sistema digestivo. Es decir que, además de no poder apreciar las sutilezas de la culinaria, nos exponemos a inflamaciones estomacales, gases y estreñimiento.

Otra consecuencia de la pérdida de sensibilidad para valorar los sabores naturales de los ingredientes es el creciente hábito de bañar con salsas artificiales todo lo que nos comemos. Esta insana costumbre termina debilitando aún más las papilas gustativas.

Por otro lado, la falta de tiempo en los hogares también está llevando a las familias a comprar comidas procesados y congeladas, lo que también contribuye a truncar nuestra sensibilidad hacia a los alimentos naturales.

Ahora bien, si logramos darle marcha atrás al reloj, redescubriremos un universo visual, olfativo y táctil que parece estar alejándose de nuestros sentidos.

Para millones de personas, comer puede ser una actividad repetitiva y cotidiana, sin mayor trascendencia. Evitemos que eso ocurra. Convirtamos esa pausa en un instante de relajación, en un espacio para compartir y en un estímulo interior, como pocos en la vida. Así, valoraremos a quienes transforman los alimentos y, todavía más, a quienes labran la tierra para hacerlos posibles en nuestras mesas.

 

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