Por: Santiago Montenegro

Íngrid, al rescate de Francia

PESE A QUE SE HA MODERADO EN LOS últimos meses, la movilización de Francia por la liberación de Íngrid Betancourt ha sido un hecho sobrecogedor, una verdadera cruzada nacional.

En ella han estado involucrados el Presidente de la República, los ministros, los partidos de gobierno y los de la oposición, la Iglesia; las clases altas de París y los distritos obreros. Han realizado movilizaciones los rubios ojiazules de la Alsacia y los inmigrantes marroquíes de Marsella.  La imagen de Íngrid está en las alcaldías, en las estaciones del tren, ha cruzado las fronteras a Bélgica, a Suiza. Toda Francia ha encontrado un propósito, una idea común. Un fenómeno de tales dimensiones exige una, quizá varias explicaciones.

La primera, la más obvia, reside en la atracción que ejercen Íngrid misma y la inhumanidad de su secuestro. Íngrid es ciudadana francesa, inteligente, graduada en Science Po, una mujer atractiva y carismática que unos años antes había alcanzado gran celebridad en la misma Francia con un libro en que contaba su orfandad en sus luchas por la justicia social y contra la corrupción en Colombia.

Pero, a pesar de la fortaleza de su personalidad, de su papel como candidata presidencial al momento de su secuestro, la maldad de sus captores, no creo que sean estas razones suficientes para explicar un fenómeno de estas dimensiones. Creo que hay algo más hondo, más irascible que necesitamos descifrar para explicar esta cruzada sin duda, sincera y noble de Francia.  Mientras los alemanes por fin parecen haber encontrado una serenidad con su pasado y pueden sentirse otra vez patrióticos sin amenazar ni sentirse amenazados por sus vecinos; mientras España atraviesa quizá su mejor momento desde el Siglo de Oro; cuando Europa del Este está ocupada en su modernización y los británicos mantienen su proverbial seguridad en sí mismos, Francia no se siente bien ni consigo misma, ni con Europa, ni con la globalización. 

 Desde hace mucho tiempo, nada interesante pasa en Francia. Y lo poco que pasa, los franceses lo encuentran detestable. Su país se disuelve en una Europa cada vez más grande, más homogénea, más americanizada, con un McDonald’s cada tres cuadras, un Starbucks cada dos. Y, si en el presente no encuentran inspiración, cuando miran hacia atrás sólo descubren el agobiante autoritarismo de De Gaulle, el cinismo de Mitterrand, la asombrosa mediocridad de Chirac. Y todo esto sucede en un país que, como dijo Ortega, es revolucionario por tradición.

O sea, es un país insatisfecho por tradición, porque todas las revoluciones se quedan siempre cortas a las esperanzas, a las promesas, a los sueños. No sólo devoran a sus mejores hijos, la concreción de las revoluciones en leyes, decretos y actos administrativos es siempre demasiado humana y sombría, cuando no cruel y despótica. Y bien lo planteó Stefan Zweig cuando dijo que la revolución genera desencanto y el desencanto huida.

Huida a lo desconocido, a lo exótico. Y hacia todas partes han huido los desilusionados franceses a seguir soñando: Chateaubriand envía a su héroe a los indios del Canadá, Víctor Hugo al exilio y a lo oriental; Gauguin escapa a Tahití, Rimbaud a Abisinia, Debray busca a Guevara en las selvas de Bolivia; Sartre, escapa de Francia, y de él mismo, hacia el maoísmo.

Es cierto, en Francia no ha habido ahora ni revolución, ni contrarrevolución. Es peor que eso: no ha pasado nada. Por ello, en la liberación de Íngrid, Francia encontró una luz, una causa noble y justa, en medio de su desencanto, inmovilismo y desesperanza. Cuando, en apariencia, le tiende una mano a Íngrid, también ella le tiende otra a Francia. Desde la selva, encadenada, Íngrid también rescata a Francia.

 

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