Por: Alvaro Forero Tascón

Íngrid contra la dictadura de las Farc

SIN BAJAR LA GUARDIA, ÍNGRID BEtancourt supo salvar del odio sus principios y sus prioridades. Podría mostrarnos a los colombianos cómo salvar los principios democráticos y las prioridades sociales, del odio que nos hace esclavos de la dictadura de las Farc. Y a hacerlo sin bajar la guardia.

Hoy Íngrid es quizá la única persona a quien los colombianos escucharían con cierto grado de desapasionamiento. Podría entonces invitarnos a reflexionar sobre la necesidad de que, manteniendo el objetivo de presionar a las Farc como prioridad militar, se repiense cuáles son las demás prioridades nacionales en materia política, económica y social, que la seguridad democrática condicionó o barrió bajo la alfombra, y que requieren de reformas urgentes.

A aceptar que la raíz de la problemática colombiana no son las Farc sino la ilegalidad, y que ésta no terminará con el fin de la guerrilla, porque está enquistada en la política, desde donde legitima la de la sociedad. A reflexionar sobre si realmente es necesario insistir en la mayor de las ilegalidades, que es violar la democracia, para mantener la seguridad.

Las Farc consumieron los mejores esfuerzos de la sociedad colombiana durante la primera década de este siglo. La decisión de derrotarlas ha implicado gigantescos sacrificios en materia económica, política, institucional y social. Como nunca antes en la historia del país, durante esta década las Farc determinaron casi todos los grandes temas de la vida colombiana: la agenda, la política, sus protagonistas, el presupuesto público, la política exterior, pero sobretodo, el estado de ánimo nacional. La historia no podrá llamarla la década Uribe, porque el Presidente ha sido tanto la causa, como la consecuencia, de la influencia desproporcionada de las Farc en estos tiempos.

En su intento por eliminar la violencia, Colombia invirtió los beneficios de una de las mayores bonanzas económicas de su historia. Sacrificó políticas sociales urgentes. Entregó parte de la solidez institucional que la diferenciaba de sus vecinos andinos. Se perdió de los vientos de renovación ideológica del continente.

 Redujo la independencia de su política exterior. Permitió la criminalización de amplios sectores de la política. Y antes de los sacrificios de la era Uribe, Colombia había hecho otros enormes para derrotar políticamente a las Farc con el proceso de paz del Caguán.

La dictadura de las Farc inmovilizó la política colombiana congelando el proceso natural de alternación de las prioridades públicas y de los gobernantes. Mientras los hechos siguieron sucediéndose vertiginosamente impulsados por el crimen, que es el motor de la agenda mediática colombiana, la opinión pública se quedó embebida en la trama de la película de guerra, disculpando como mal menor el magnicidio paramilitar, la parapolítica, las yidispolítica y el desajuste institucional.

Liberar a la opinión pública colombiana de la dictadura de las Farc no va a ser tarea fácil. Por eso el aporte de Íngrid es necesario. Desconectar la vida norteamericana de la dictadura de Bin Laden y del consecuente monopolio de Bush sobre la política, sólo fue posible con un hecho igualmente grave, la guerra de Irak.

* Analista político, investigador en opinión pública.

 

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