Por: Lisandro Duque Naranjo

Íngrid, otra vez

A LA HORA Y DÍA DE COMENZAR A escribir esta nota —mañana del viernes 4 de abril— hay un avión hospital, con matrícula francesa, parqueado en el aeropuerto militar de Catam, en Bogotá.

El aparato está ahí para llevarse a Íngrid Betancourt, tan pronto la liberen las Farc, hacia París a restablecerle la salud, harto golpeada por su largo cautiverio en la manigua. También están en Colombia varios funcionarios franceses que gestionan la devolución de su conciudadana. Una legión de periodistas de esa nacionalidad, y de otros países, se ha concentrado en San José del Guaviare, en cuyos caseríos cercanos se rumora con insistencia ha sido vista la mujer llevada por docenas de guerrilleros que buscan —parece que en vano— auxilio médico para que su secuestrada no se les muera de una huelga de hambre con la que los tiene en aprietos.

La fantasía popular está exaltada e Íngrid ya es un cuerpo errante y ubicuo que fue visto, el mismo día que en el Guaviare, a centenares de kilómetros de allí, en San Vicente del Caguán. Esta secuestrada ya es un mito que se le aparece a la gente. Pero no por eso tiene que estar muerta. En Colombia, por fortuna, se puede adquirir el carácter de fantasma sin cumplir antes el requisito de expirar e incluso estando lleno de vida. De Clara Rojas y Consuelo González se esperaban unas figuras macilentas, cuando de repente emergieron risueñas y guapas. A Luis Eladio Pérez se lo esperaba taciturno, pero llegó fogoso y hablando como corresponde, cual perdido cuando aparece. El caso de Orlando Beltrán fue el de un hombre prudente de suyo, quien además estaba rayado por una enfermedad que después le descubrieron en Cuba. Gechem venía maltrecho, pero se lo subvaloró al suponerlo ya vencido.

Según Juan Manuel Santos, su estado era tan precario que, en el caso de llegar, lo haría in artículo mortis tendido en un lecho de guadua. Pues no: el hombre se pegó su patoneada hasta coronar la línea de la libertad, melancólico y con pundonor. Y se lo ve en recuperación física ya. A Óscar Tulio Lizcano se le atribuía un estado terminal, pero una prueba de supervivencia lo mostró ayer lúcido y con un chorro de voz. Aclaro que no estoy buscándole atenuantes a ese delito espantoso, sino maravillándome de la manera como quienes lo han padecido se están sobreponiendo a los daños que les infligieron. Y demostrándonos que, aunque siguen con su irreparable procesión por dentro, no hay cadenas que dobleguen unas buenas ganas de vivir y de volver a abrazar a los propios. En su “hora de la verdad”, el doctor Fernando Londoño, de manera burlesca, decía, sobre las mujeres liberadas, que antes de comparecer frente a los camarógrafos se habían sometido a un proceso de glamurización en los salones de belleza que tenían las Farc en San José del Guaviare. Darío Arizmendi, refiriéndose al desgaste físico de Íngrid, dijo que estaba hecha una “langaruta”. Qué lenguaje el de esos micrófonos.

Hay sectores en Colombia que, con tal de demeritar más a las Farc —como si hiciera falta—, preferirían ver llegar a los escasos liberados en la mayor decrepitud posible. Paradójico, porque justamente por eso debiera sentirse mayor urgencia de un arreglo negociado. La senadora Nancy Patricia Gutiérrez se muestra toda humana entrevistando por televisión a familiares de personas en poder de las Farc, pero le hace la guerra a Piedad Córdoba por intentar —y haberlo logrado— sacar ya a siete de éstas de ese infierno y seguir insistiendo por liberarlas a todas. A la presidenta del Congreso, además, le es indiferente que a Piedad le anulen el seguro de vida, salvo si se resbala en el Salón Elíptico. Le quiere quitar el salario de congresista y se la pasa atormentada sobre el origen de la plata con que viaja a motivar a mandatarios de todo el mundo para que insistan ante el de acá sobre la conveniencia de un acuerdo humanitario. La quiere ver quieta y juiciosa en esas sabias sesiones de nuestro parlamento.

Muy raros los enemigos del intercambio humanitario: las pruebas de sobrevivencia les gustan sólo cuando son bien sufridas. Detestan que un posible despeje ofrezca un espectáculo masivo de liberados alegres. Qué peligro mostrar por televisión a una guerrillera regalándole flores a quien fue su víctima hasta un día antes. Y a ésta recibiéndolas. Preferibles las bolsas negras de plástico que hay que llevar para después de los rescates por asalto, la victoria de las morgues, las moscas, las manos cercenadas y bien pagadas, los bombardeos a esos enemigos que, por dar a los facilitadores las coordenadas en donde pueden recoger a unos cautivos, terminan dándoselas al ejército sobre dónde se encuentran ellos mismos.

Ojalá de aquí a que este artículo salga publicado los franceses lleven ya, por fin, a Íngrid para sanarla en París. Ellos dizque son muy cartesianos, y es improbable que su venida haya sido para estacionarse indefinidamente a ver si las Farc se conmueven quién sabe cuándo. No los concibo en ese plan. Me preocupa, sin embargo, que Chávez dijo anoche que Sarkozy le había pedido que llamara a Iván Márquez para que le ayudara, y que él le había contestado que eso no lo haría pues ahí mismo le montaban cacería a ese interlocutor y lo bombardeaban. Que hablara mejor con Bush. O que arrancara para acá y juntos se metieran hasta donde Marulanda.

No entiendo este país.

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