Íngrid y el odio

Después de leer el oportuno editorial "Íngrid y el odio" (El Espectador, miércoles 22-09-10), resulta más que imperioso saber cuáles podrían ser los límites de la sana crítica que tienen los ciudadanos frente a las posturas éticas de personajes como Íngrid, en especial las presentadas con ocasión de la entrevista "La sociedad colombiana es despiadada" (El Espectador, domingo 19-09-10) y la publicación de su admirable obra relacionada con el secuestro.

Porque es claro que más allá de los odios irracionales que expelen los extraviados, y que el editorial desaprueba de tajo, está el incontrovertible hecho de que los efectos polarizadores causados por la actitud de la ex candidata de Oxígeno Verde se deban precisamente a la verdad de Perogrullo que Íngrid es una personalidad pública. Y su dolorosa experiencia del secuestro, que los ciudadanos honestos entienden y respetan, no la convierte necesariamente en una ciudadana del común. Todo lo contrario, le podría haber significado el enorme reto de asumir la vocería de quienes sobreviven aún a la peste apocalíptica del secuestro en Colombia, así como dar ejemplo de respeto y discreción hacia aquellos que compartieron con ella sus miserias en la selva. Ahí está la grandeza de quienes aspiran —o aspiraron— a dirigir los destinos de su país.

Quizá por ello se tornó incomprensible su clara pretensión de demandar por una multimillonaria suma al Estado colombiano, bajo el indefensible y reiterado argumento de estar abogando por los derechos de los más pobres, desatando de esta forma los perniciosos resultados que encierran las medias verdades.

Al igual que su extraña actitud de saldar viejas cuentas a través de los medios de prensa y de su talentosa pluma, al revelar supuestas verdades que trascienden los sagrados linderos de la intimidad de una madre y de su pequeño hijo, y de escrutar los insondables temores de quien fuese su amiga y compañera de cautiverio.

Pues como bien lo advirtiera el editorial: “La insensibilidad tiene límites y la opinión pública hace tiempo está excedida. Puede que no se compartan actitudes, pero la obligación al respeto nunca se suspende”.

Íngrid, por supuesto, mal podría ser la excepción a la regla; máxime cuando nuestro querido autor de El olvido que seremos acaba de afirmar que la obra “ingridniana” se convertirá en un “clásico de la historia y de la literatura colombianas”. ¡Quién podría desear lo contrario!

 Ramón Francisco García.  Ocaña.

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