Por: Lisandro Duque Naranjo

Íngrima

 

Es viernes, 30 de noviembre, ocho de la mañana. Acabo de enterarme por la radio de la captura en Bogotá de tres milicianos de las Farc a los que se les encontraron pruebas recientes de supervivencia de varios secuestrados: 12 militares, el senador Luis Eladio Pérez, dos estadounidenses e Íngrid Betancourt. De momento se me ocurre muy casual el hallazgo, si se tiene en cuenta que las ansiadas grabaciones fueron, en el transcurso de la semana, motivo del mayor interés público, nacional e internacional, y constituyeron además, por no haber alcanzado a llegar a tiempo a París —para el encuentro de los presidentes Sarkozy y Chávez—, uno de los pretextos para que el Gobierno colombiano les parara en seco los buenos oficios al mandatario venezolano y a la senadora Piedad Córdoba a favor de un acuerdo humanitario.

La tenencia por parte del Gobierno de esas grabaciones, a lo mejor es producto de la oferta de beneficios hecha el jueves a los guerrilleros que, a propósito de las circunstancias críticas a que asistimos, se mostraran dispuestos a colaborar con los organismos de seguridad. Me inclino más por esa hipótesis que por la de un certero y oportuno operativo militar inscrito en la estrategia de someter a rescates hasta las pruebas de sobrevivencia. Aunque por supuesto no son descartables —de hecho las autoridades lo han dado a entender— las chuzadas a los teléfonos y al correo electrónico de la probable destinataria del valioso envío: Piedad Córdoba. Mis respetos a esta ciudadana, a cuyo coraje se le adeuda un desagravio apenas dejemos atrás este calendario mezquino.

Ya por lo menos se ha hecho evidente el grado de obstáculos a que fueron sometidas las posibles conversaciones —solicitadas por el propio presidente Uribe, que conste— entre Chávez y los interlocutores de las Farc. Y también, que no era cuento aquello de que hacerle llegar al mandatario venezolano las pruebas de sobrevivencia no era un asunto fluido. Chávez, con todo y lo lenguaraz, pecó de ingenuo al dejarse manosear de Uribe. Y éste se excedió en su sevicia al no aceptarle a su colega el desistimiento a esa misión el pasado mes de octubre. Quería jugar con él hasta el final. Con su pan se coma la reacción que provocó en el venezolano, si es que a éste no le da, según como le salga el referendo, por hacérnosla extensiva a todos los colombianos con una ruptura de las relaciones.

De esas pruebas de supervivencia, la única foto publicada en esta mañana de viernes es la de Íngrid Betancourt. No hay que ser profeta para augurar que esa imagen se volverá simbólica de este país cruel y trascenderá este tiempo nefasto. Íngrid aparece con una delgadez que todavía le permite ejercer la vida, pero que de acentuarse le podría resultar fatal. Ofrece un inefable gesto de rebelión silenciosa, “entregada —como decía Camus— a la indiferencia del mundo”. En su muñeca derecha tiene una pulsera de alambre que no se sabe si es un adorno hecho por ella misma en sus tedios, y que se permite lucir en medio de la adversidad, o el comienzo de una cadena impuesta que la amarra a esa mesa rústica y de una sola tabla que tiene enfrente. Le queda energía aún para no recostar la espalda en ese taburete de troncos fríos. Un penúltimo decoro de mujer agraciada la obliga a echarse hacia adelante el cabello, frente a un tocador de mentiras. Ya no tiene reloj, el tiempo allí ni avanza ni importa. La selva que la rodea es húmeda y oscura.

La captura de los portadores de esas pruebas fue a las 6 de la tarde. La rueda de prensa fue a la una de la madrugada. En el entretanto, 7 horas, el Presidente y sus funcionarios se dedicaron a mirar los videos y a descubrir el agua tibia: los secuestrados ya no dan más, su humillación es extrema, sus captores son unos canallas. Y ni por la cabeza se les cruza a los televidentes palaciegos que justamente por eso es que fue desgraciado el cese de una gestión que sacaría a esas víctimas infelices de semejante infierno.

Qué tal, además, el susto que inspira esa mediocracia uribista, ese 70% de desalmados que juran que al presidente de este vacío moral llamado Colombia todavía le queda corazón.

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