Por: José Fernando Isaza

Inmigración

COLOMBIA COMPARTE CON SUDÁN el deshonroso título de tener el mayor número de desplazados.

Son obligados inmigrantes internos; unos emigraron, aumentando otra característica de nuestra demografía, ser uno de los países con mayor relación de emigrantes a la población total. La diáspora interna y la externa son más del 16% de la población total. Estudios en diferentes países muestran que, desde el punto de vista económico, las remesas de los emigrantes pueden compensar el valor de la inversión realizada por el país de origen en la capacitación de la población que emigra. Se ha estudiado el impacto motivador que tiene para los estudiantes el saber que un emigrante calificado gana en el país receptor un mayor ingreso del que tendría si no emigra. Se ha encontrado que estudiantes de los países pobres tratan de culminar sus estudios para así poder emigrar como mano de obra calificada. Los anteriores beneficios no contemplan el costo humano, el sufrimiento psicológico de las familias desintegradas. Ni tienen en cuenta las dificultades y la sensación de abandono que enfrentan los hijos de los que emigran. Otro aspecto es la discriminación sufrida por quienes integran la diáspora; un autor cuyo nombre se me escapa lo expresa así: “Necesitábamos manos pero nos llegaron personas y familias”.

La otra cara de la moneda son los beneficios de la inmigración. Colombia no ha sido un país receptor de inmigrantes. Durante el siglo XIX las guerras civiles y la malaria prevaleciente en los valles interandinos eran un desincentivo a la inmigración. En esto nos diferenciamos de otros países latinoamericanos —Argentina receptor de italianos, Venezuela de españoles y portugueses, Brasil de japoneses, Panamá de chinos—. Son culturas más diversas. Una de las causas de nuestro aislamiento cultural y económico es la falta de contacto con otras formas de ver la vida, con otras literaturas, con diferentes idiomas, con otras concepciones políticas y formas de producción. Hasta bien entrado el siglo XX, con razón, nos llamaban peyorativamente el Tíbet ampliado.

No acogimos generosamente a quienes huían del terror nazi y estalinista; perdimos la oportunidad de enriquecernos con sus saberes. Adoptamos como axioma que si teníamos altos índices de desempleo, el inmigrante competiría con los pocos empleos disponibles. Se olvidó que, en muchas ocasiones, el inmigrante es un promotor de actividades productivas generadoras de empleo.

Cuando se derrumbó la Unión Soviética, si bien económicamente era un desastre, en el campo científico seguía siendo una potencia mundial. Los países atrajeron a los científicos que querían emigrar pues en la antigua URSS o no les pagaban o su sueldo era una miseria. Colombia desaprovechó nuevamente una oportunidad dorada para completar su incipiente masa de investigadores en ciencias básicas.

Al tiempo que se estancan economías avanzadas y altamente educadas, Colombia muestra índices de crecimiento y de respeto a los derechos humanos mejores que en el pasado reciente, lo cual permite pensar en una política de inmigración que nos permita atraer profesionales, artistas, artesanos que ofrezcan nuevas ideas para irnos quitando el anquilosamiento y resistencia a otras formas de pensamiento y así podamos creer que otro mundo es posible. Bienvenidas las familias con sus manos y sus cerebros.

* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

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