Por: Ana Milena Muñoz de Gaviria

Inmigrantes perdidos en un sueño

RECIENTEMENTE, COLOMBIANOS al igual que latinoamericanos, llegaban a Europa y especialmente a España en forma legal, con visa de trabajo y con un empleo asignado principalmente en el sector de servicios. Migraron y creyeron encontrar en esta región del mundo un lugar en el que podían obtener una estabilidad y un progreso económico para ellos y su familia y, aunque a veces pasaban dificultades, todo lo resistían por la esperanza de un futuro mejor.

España, como muchos países de la UE, en los últimos cuatro años permitió la llegada de más de 700.000 personas con contrato de trabajo y regularizó a más de 600.000 con una política de migración flexible que, además de permitir la vinculación al mercado laboral, integró al extranjero al sistema social; se crearon secretarías para la migración y se abrieron líneas de cooperación al desarrollo para su atención.

Éste, que parecía ser el sueño para muchos migrantes, empieza a truncarse, pues la situación económica y la desaceleración del crecimiento en general –y en algunos sectores claves para la mano de obra latina– es un factor que les complica la vida. Muchos ya han perdido su trabajo, y por lo tanto sus compromisos económicos, especialmente los relacionados con vivienda, se han visto perjudicados y han empezado a perder sus bienes.

En la medida en que esta situación se agrava en Europa en general empiezan los comunitarios a sentirse amenazados por los migrantes. Es así como la nueva política de inmigración en la UE se ha vuelto más dura y que presidentes como Berlusconi en Italia han sido muy duros y fuertes con este tema.

Para los que están viviendo en el viejo continente ya no se permite la reagrupación familiar de padres y suegros e igualmente se aumentó el número de días de retención para aquellos que entren de forma irregular. El subsidio por el desempleo sería, dentro de esta línea dura, entregado en su totalidad a aquellos que retornen a sus países de origen y devuelvan sus permisos de residencia y trabajo.

Al problema de la competencia entre nativos y migrantes en el mercado laboral se le suma la competencia en la prestación de los servicios sociales y, muy especialmente, de seguridad social. España, por ejemplo, se ha endurecido en este campo, pues los migrantes y sus familias empiezan a agotar los cupos en el sistema educativo y en la prestación de los servicios de salud. Los recursos no son suficientes para todos, por lo que la adaptación de los hijos de los migrantes mortifica al español corriente y ya en Cataluña, por ejemplo, la Generalitat pasó una iniciativa para segregarlos.

El sueño de migrar a países más desarrollados empieza a desvanecerse y con ello se empieza a poner de presente otro de los problemas del modelo económico y de la globalización que vive el mundo: la gran brecha que existe entre países ricos y pobres genera éxodos sin retorno y nuevas realidades tan inequitativas como las anteriores.

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