Por: Diana Castro Benetti

Inocencia, malicia, inocencia

Al nacer resulta obligado perder la inocencia. Por lo menos, esa que nos imaginamos o esa que nos han inventado.

 Dicen que la palabra inocencia tiene como su contrario la malicia. Dicen también que la inocencia es lo que la pasión arrebata. Dicen que la inocencia se sienta lejos de la astucia y el egoísmo, actitudes que buscan ventajas, engaño y perjuicio hacia otros. Pero lo que no se dice es cómo mantener libre de culpas el cuerpo, la mente y el alma porque durante la vida nos debatimos entre lo divino y lo humano como si fuéramos ángeles, diablos o caricaturas de ficción.

Así, con la inocencia como un dogma desconocido o como la sentencia de un paraíso contaminado, hacemos mercado, trabajamos, amamos, juzgamos, contenemos el mundo, somos tanto lo bueno como lo malo, lo alegre como lo triste, lo víctimas como lo victimarios. Somos el ansia del amor perdido y todas las confesiones, las culpabilidades y los señalamientos. Por esto y más, hay que aferrarse a la idea de inocencia porque el solo hecho de estar vivo ya es indicio de alto riesgo de culpa. Culpa por algo o por todo; culpable de cualquier cosa; culpable de ser gordo, feo, bobo, homosexual o amarillo; culpable de ser rico, ignorante, mujer, político, rebelde o fanático. Culpables. Todos culpables y el inocente una presunción.

El diccionario dice que la inocencia está libre de daño o de intención de daño. Así, lesionar lo ajeno o lo propio viene a ser una condición perversa. La malicia provoca, o debería provocar, repulsión e indignación. Pero nacer inocentes es una cosa y morir inocentes, otra. Para ir más allá, la que vale oro es la inocencia que permite el fracaso, la que habla de volver a comenzar, la que imagina un nuevo rumbo. Es la inocencia que vence la ignorancia y se sabe limitada, adolorida y vulnerable; es esa otra inocencia, la que no se nos debe refundir. La auténtica inocencia no es aquella que ha sido siempre perfecta sino aquella que emana de lo vivido, de la madurez y de la comprensión, la que nunca será estúpida ni tampoco majadera. Es la inocencia de un ser humano consciente que observa, que mira a los ojos, que vuelve a ver; es la claridad de un ser humano respetuoso de su dignidad y de la de otros; es la cualidad de un ser humano generoso. Resulta cierto que la inocencia carece de lo fétido y del delito.

Primero, inocencia; segundo, malicia, y tercero, volver a la inocencia, porque es con la inocencia amorosa y entregada, con la inocencia que ya ha perdido su virginidad, sí, es con esta otra inocencia con la que las sociedades se reconfiguran y reconocen el sentido de ser humano. La inocencia no puede ser otra cosa que una bella flor de loto muy bien nacida del lodo y de la oscuridad.

 

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