Por: Reinaldo Spitaletta

Inodoros para el fin del mundo

Dicen que las dos partes de la casa que deben permanecer impecablemente limpias son la cocina y el inodoro. Lo demás puede resistir.

Sobre el segundo de los mencionados se ha mantenido una suerte de aire puritano, de lejana y tonta reverencia, y, casi siempre, las referencias a él, incluso en conversaciones de café, se llenan de eufemismos, de trechos que eluden la vía principal, y uno piensa que si las cosas tienen un nombre, exacto, preciso, aunque no sea hermoso, por qué entonces no decírselo. En verdad, ese necesario artefacto debería ser el símbolo de la modernidad (fue inventado por un tal Joseph Bramah, creador, además, de cerraduras y la prensa hidráulica, en el siglo XVIII, tiempo de la Revolución Francesa, el enciclopedismo, las luces, el marqués de Sade...), dado que, según parece, muchas ideas de tal período fueron concebidas allí.


Y sobre este último es que quiero palabrear, porque en “ese lugar sagrado” es relativamente fácil lograr un estado de íntima relajación, de serena actitud, y, sin esfuerzos costosos, es posible entrar en trance. O realizar una meditación trascendental, de esas que ningún gurú ha podido alcanzar. Ahí, sin perturbaciones, sin preocuparse siquiera porque el teléfono esté sonando, el hombre no sólo puede encontrarse consigo mismo (porque, es obvio, no es un sitio apropiado para encontrarse con alguien más) sino que puede su cerebro funcionar en alfa, y producir decenas de ideas, estirar su imaginación, atravesar umbrales poéticos.


Y todo ello en medio de olor de jabón (producto que ya usaban los sumerios hace casi cinco mil años), a desinfectantes, tal vez a discretos ambientadores. En verdad, están dadas las condiciones para que allí se pueda ejercitar el pensamiento y la sensibilidad, porque así como se afirma que hay literatura y filosofía de alcantarilla, también puede haber otra de sanitario, lo cual no significa, en modo despectivo, que tenga una utilidad similar a la del papel “toilette”. Se sabe (sin embargo, el sigilo profesional no me permite mencionar sus nombres) que muchos escritores, científicos, sociólogos, pintores, músicos, en fin, han hallado en aquel cuartito inspiración para sus composiciones, tratados, descubrimientos y especulaciones. Se han topado ahí con la musa, en un encuentro feliz y secreto. Claro que el talento reside en que no se note que sus creaciones fueron concebidas en un lugar tan poco ortodoxo para esas lides como es el evacuatorio, o watercloset que llaman los angloparlantes.


Lo que sí es incuestionable es que el retrete puede convertirse en el lugar más tranquilo de la casa para la lectura. Allí, aislado de televisores, de las correndillas de los chicos, del pandemónium cotidiano, uno puede concentrarse en los libros, para lo cual hay que mantener, sobre la tapa del inodoro, o en alguna repisita, un surtido catálogo de aquéllos. En ese lugar se puede leer con fruición a los poetas místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y a autores más místicos todavía como son los del Manifiesto, que ya casi nadie lee, aunque un “fantasma sigue recorriendo el mundo”. Algunos han leído (en lo que pudiera llamarse “lecturas de letrina”) en tal ámbito a escritores que, de otro modo, jamás hubieran enfrentado, y de la experiencia les quedó un sabor especial. Hubo épocas, como se recuerda, en las que determinados libros, prohibidos desde los púlpitos o en los tableros, sólo era posible leerlos en la inmaculada clandestinidad del inodoro.


Antes de que se escribieran en las paredes callejeras, algunas declaraciones amatorias, ciertas obscenidades, una que otra consigna contra el gobierno, determinadas frasecitas ingeniosas, tuvieron su nacimiento en los inodoros públicos, donde probaron su eficacia. Ellos fueron la pila bautismal de los modernos grafiteros. Las agonías, represiones, desesperanzas y perversiones de una sociedad es factible auscultarlas en un orinal de bar, o en los “servicios sanitarios” de una universidad.


El inodoro –y su circunstancia – tal vez sea el lugar más seguro para protegerse de la bomba atómica, y de los ecologistas a ultranza, y de los vendedores de pólizas. Se recomienda que antes de entrar en él, se deje afuera el celular, porque estos aparatos interfieren la comunicación con los ángeles. Y con los demonios. Seres ultraterrenos que a veces aparecen por tal contorno. Por lo demás, el excusado puede ser el espacio ideal para esperar el fin del mundo.

 

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