Insensibilidad al más alto grado

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Es verdad que alcanzar el poder y disfrutar de sus mieles le transforma a esta gente su personalidad y, por supuesto, sus valores. Cuántas experiencias tenemos muchos cuando un viejo amigo o alguien conocido que se admiraba llega a ocupar posiciones importantes, después no se los reconoce porque la inteligencia se les esfuma y hasta el caminado lo cambian.

El mejor ejemplo, entre muchísimos que se conocen en el ámbito local y regional, es el presidente de la República: una persona aparentemente simpática, sencilla y con ambiciones que fue ungido por su partido y elegido por un amplio sector de colombianos, muchos de los cuales están más que arrepentidos. Quienes no votamos por él al menos le dimos un tiempo para saber cómo sería su horizonte. Dos años después la frustración de casi todos los votantes y no votantes es absoluta.

Basta observar los últimos acontecimientos relacionados con la minga indígena, cuando este personaje ha hecho gala de una soberbia infinita, bastante parecida a la de su amigo Trump y a la de su archienemigo Maduro. Igualitos los tres: se burlan de sus compatriotas, se dirigen a ellos con expresiones displicentes, actúan con desdén frente al otro, manejan las mentiras como verdades y viceversa. ¡Ah! Se acordó de los colombianos que están confinados desde siempre por el Estado en el Chocó, tal vez con la idea de reivindicarse con ellos y con los indígenas que se quedaron en el Cauca. Pero no le creemos, porque sabemos que a ninguno le cumple. Qué horror tener un presidente que solo ha demostrado un altísimo grado de insensibilidad y unas ansias de poder que, ojo, son ganas de quedarse ahí.

¿Tanto le costaba al presidente Duque sentarse en Cali con la mesa directiva indígena, aprovechando la excelente organización que le dio el alcalde de esa ciudad a la llegada de la minga y demostrar que su cacareada capacidad de diálogo era verdadera? ¿Por qué prefirió dejarlos llegar a Bogotá y trastornar la vida de los capitalinos por las circunstancia de la pandemia, generando gastos derivados de la logística que se necesita para recibirlos con dignidad? ¿Qué busca el señor presidente con ese pulso de poder soberbio y asfixiante? Pasar a la historia como uno de los peores presidentes que se recuerde en la vida política reciente de Colombia; pero, claro, con un padrino y copartidarios de su Centro Democrático con rasgos maléficos. Estamos muy mal.

Ana María Córdoba Barahona, Pasto

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