Por: Diana Castro Benetti

Insignificancias

La magia tiene sus magnificencias como, por ejemplo, cuando un conejo salta de un sombrero a otro o cuando ese mismo conejo se despeina por el afán de una invitación a las cinco de la tarde.

La magia se convierte en más que un simple espectáculo cuando cualquier prestidigitador se mantiene sostenido en el aire varios metros por encima de cualquier edificio metropolitano y es conmovedora aún más cuando no se puede prever de cuál oreja infantil surgirá el próximo as de corazones, pañuelito o céntimo.

Las artes mágicas son impresionantes y hasta increíbles cuando se pretende encontrar el metal precioso a fuego lento y con la ayuda del hornito que tiene colgado como único letrero “athanor” o, cuando se desarrolla la habilidad de andar en doble lugar sin avisar y sin más afán que la diversión de disfrutar dos veces del mismo instante. Y hay magias que, con o sin ubicuidad, repercuten en la vida cotidiana, como cuando se limpia la casa de adentro para afuera para espantar los diablos o cuando se realiza la operación contraria sólo para no dejar que la abundancia se nos escape. Coincidencia mágica y maravillosa es esa en la que por andar pensando en aquél, el más querido, sin más, asoma como si supiera de nuestro deseo.

Sin embargo, hay magias que asombran por la ligereza de sus efectos. Magias que no son los impactos a gran escala ni las notables transformaciones sociales de leyes, costumbres o actitudes. Las magias de conciencia ocurren en el reino de lo cotidiano, donde la rutina y la repetición son reinas; magias que se parecen a la emoción del cuerpo cuando corremos cortinas y desilusiones para apreciar el sol y las montañas; o magias que se hacen visibles cuando vemos cómo la lluvia limpia aires y molestias y los vientos anuncian sofocos y calenturas; magia que hacen del caldo con cilantro el resurgimiento de un alma en pena.

Pero, la magia más contundente es aquella que les da sabiduría y suavidad a los detalles de cada día y hace espectacular lo mismo de siempre. Es esa que le da un no sé qué al café diario o ese tono especial al recorrido de la casa a la oficina, que es siempre el mismo. Magia valiosa y cierta es la que hace sonreír cuando no hay que hacerlo o abre en un abracadabra lo que ha estado cerrado. La magia, esa que nos gusta, se da en el terruño de nuestras propias insignificancias.

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