Por: Aura Lucía Mera

Insobornable

Si tuviera que definir a Diego Martínez Lloreda, que hoy recibe el Premio Simón Bolívar al periodista del año, mi único adjetivo sería el de ‘insobornable’.

Conozco a Diego, a quien le decimos ‘Rayita’ algunos de los más cercanos, por un mechón rebelde que tiene en la cabeza desde que nació. La casona de sus abuelos quedaba enfrente de la de mis padres. Las dos familias estaban ligadas desde épocas inmemoriales por consanguinidad y amistad.

Recuerdo que las ‘mayorcitas’ jugábamos a las muñecas con él y lo metíamos en un platón a restregarlo en esas mañanas de sol. Siempre vital, inventivo y lleno de energía. Heredó Diego la inteligencia de su padre, Rodolfo Martínez, el creador y primer director del Sena, entidad que saca la cara por Colombia. Y de Ana Cecilia, su madre, la vena periodística.

Desde que volví a vincularme a El País empecé a conocer al ‘bebé’ del platón como periodista y subdirector de Redacción. Exactamente igual de vital y con una pasión desbordada por el oficio. Tiene el olfato de sabueso para detectar dónde está el meollo de las noticias. Diego ha hecho una carrera siempre ascendente. Se juega muchas veces el pellejo, destapando ollas podridas en Cali y en el Valle, que se ganan el trofeo de podredumbre, corrupción y clientelismo. Muchas veces tiene que dejar su despacho porque lo espera la cita en un juzgado. Los ‘calumniados’ tratan de intimidarlo, acusándolo de miles de cosas de las que siempre sale invicto.

Recuerdo cuando tuve que asistir a la Fiscalía en Cali por haber ‘injuriado’ a la minambiente de entonces con un artículo que titulé “Del Yanbal al Glifosato”, en el que sentaba mi posición respecto a su desempeño. Salí absuelta y con más ganas de enfrentármele al toro por los cuernos. Pero considero a Diego, que tiene que visitar los juzgados frecuentemente.

Insobornable, además de buen periodista. Maneja la ironía como nadie y la combina con reflexiones de fondo. Denuncia de frente corrupciones. Desenmascara embuchados y no le teme a nada en una ciudad en la que el derecho a disentir puede costar muy caro.

Transcribo uno de los artículos de los Derechos del Hombre que tradujo Antonio Nariño y le costaron 16 carcelazos, persecuciones, afrentas y calumnias. El artículo 14 declara: “La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre: todo ciudadano, en consecuencia, puede hablar, escribir, imprimir libremente, debiendo sí, responder de los abusos de esta libertad en casos determinados por la ley”.

Como también escribió Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, a fines de 1788, dirigiéndose a los diputados de Francia: “Que la primera de nuestras leyes consagre para siempre la libertad de prensa, la libertad más inviolable, ilimitada, la libertad sin la cual no serán adquiridas las otras nunca”. Estas transcripciones las tomo del libro Nariño es la Patria, escrito por el historiador Antonio Cacua, que debería ser texto obligatorio en todos los colegios.

Bien otorgado el Premio Simón Bolívar al periodista del año. Bien por Diego ‘Rayita’. Me emociona y le deseo que jamás cambie su insobornable manera de pensar.

 

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