(El paraíso perdido)

Instituto Daza Dangond

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El año pasado me invitó la Universidad El Bosque a participar como ponente en el seminario “Nuevas tendencias de la escritura teatral” organizado por la facultad de Artes Dramáticas. Aproveché al viaje para repasar los puntos que trataría en la conferencia y hasta que el taxi se detuvo en la carrera octava con calle 132, caí en cuenta de que volvía al lugar que una vez fue la sede del Instituto Daza Dangond. El colegio donde me gradué de bachiller y pase tres años felices de mi vida.

Entre edificios de hormigón y vidrio todavía está la vieja casa emblema del colegio, conservada por su valor patrimonial ya que corresponde a la arquitectura centenarista de principios del siglo XX. Casualmente, Allí me entregaron el kit con la información del seminario y la credencial de ponente. No resistí las ganas de recorrer la casa. Sin permiso entré al espacio donde antes estuvo la cocina, ahora es una sala de juntas, pero mi memoria seguía viendo la estufota de potente horno y buitrón de fábula. Por magias de la nostalgia seguían allí, al costado sur el salón de profesores y al costado norte los laboratorios de física y química. Para desconcierto de la recepcionista irrumpí al recinto que antaño fue la rectoría y en mi delirio memorioso vi a doña Matilde absorta en sus cuentas y al rector, el Licenciado Alfonso Daza Dangond observándome desde su escritorio con ese aire de distinción, herencia de sus ascendientes europeos, franceses y alemanes que llegaron a su natal Villa Nueva, huyendo de sus guerras o atraídos por las riquezas fantasiosas que los conquistadores Alfinger y Federmann vieron en la península de la Guajira.

Confieso que no presté atención a las ponencias sobre las nuevas tendencias teatrales, porque en mi mente destellaban inconexas remembranzas de dacistas de mi tiempo: Recordé a Serrano luciendo su afro tan irreverente como elegante, al gordo Quintero siempre dicharachero, al fisiculturista Peña haciendo flexiones en la barra, recordé que en casa de las hermanas Munker se quedó mi colección de cómics, recordé el bus gris conducido por el paisa y a Claudia Vásquez la bella de la ruta que nos inspiró sueños libidinosos, a Silvia Lara con blusita de maternidad de moda hippie, a Raúl Celedón dotado de súper velocidad para operaciones matemáticas, Conde virtuoso guitarrista, Rumbo fortachón y acróbata, De la Espriella primer varón que vi con arete, Pedro Pablo Acosta el titiritero y Pedro Pablo Rincón taxista de las mejores calificaciones en el curso... Habría recordado a todo el alumnado de mi época de no ser porque me tocó hacer la ponencia.

Desde ese día me regocijo en los recuerdos colegiales. Por eso ahora honro aquí al “Daza”, acaso para exorcizarme la decepción que me causa el opinar sobre el ignominioso presente del país, con los recuerdos del paraíso que en cierto entonces gocé. Con tan buena suerte que mi amiga María Cecilia Henríquez, quién con vehemencia ostenta el orgullo Dacista, aprovechado el parentesco con descendientes y familiares de los fundadores del colegio, me aportó la investigación fehaciente que fundamenta este texto.

Alfonso Daza Dangond, Popo como lo motejaron con cariño los de su casa, nació el 2 de agosto de 1912 en Villa Nueva, Guajira. Debió ser buen estudiante destacado en geometría y matemática, solo así se explica que no haya escogido estudiar medicina, ingeniería, derecho o alguna carrera práctica y rentable y en cambio en 1944 se tituló: Licenciado en física y matemáticas de la Escuela Normal Superior de Bogotá, dónde también bruñiría la vocación más coherente con su espíritu humanista: la Docencia; en efecto, temprano se destaca como profesor en el Gimnasio Moderno y catedrático en la Universidad Nacional y en la Normal Superior.

Se había casado con la santandereana Matilde Silva Mujica, cómplice incondicional de sus sueños, será ella el polo a tierra que propiciará la concreción del proyecto capital, no obstante idealista (mejor decir romántico.) “Tener un colegio propio” en el que se realizaran sus criterios pedagógicos. Por desgracia el Bogotazo, como se llamó a la explosión social que provocó el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán en 1948, los obligó a aplazar la empresa.

Desde la creación del Ministerio de Educación se instaura en todo el país la educación pública laica y se da licencia a instituciones educativas privadas, ya en la presidencia de Alberto Lleras Camargo se destina un presupuesto para el fomento y apoyo a establecimientos educativos de particulares de certificada idoneidad. Oportunidad favorable para que el matrimonio Daza Silva haga realidad su proyecto existencial. En 1951, asociados con el Licenciado en biología y química Luis Vega Reales, de Aracataca y el apoyo de la firma de ingenieros Hermanos Silva Mujica, se funda el Instituto Daza Dangond. El nombre fue idea de Matilde, acaso para asegurar el colegio como parte del patrimonio familiar y para perpetuar el nombre de su amado pedagogo.

Iniciaron en una casa en arriendo sobre la carrera 7ma con calle 79, con muy pocos alumnos en los cursos primero y segundo de bachillerato, cuyas mensualidades no alcanzaban ni para pagar la lujosa nómina de profesores, destaco al reconocido músico Gerardo Arellano, compositor del himno del Colegio, los demás, la mayoría colegas egresados de la normal superior que, por cariño con Popo, aceptaron honorarios mínimos con tal de mantener el colegio.

Durante seis años el colegio cambio tres veces de sede, siempre en casas de ese sector de Chapinero, el colegio no era negocio y la apretada condición económica hizo metástasis en el hogar, Popo y Matilde se separaron, seis meses no más porque con motivo de la primera promoción de bachilleres se reconciliaron, así en 1957 Matilde dio a luz otra niña y el colegio obtuvo la licencia de funcionamiento y graduó a nueve bachilleres.

En los 60, juntando ahorros, préstamos bancarios, subsidio Estatal y apoyo familiar, la familia Daza Silva compró una casa campestre con un amplio lote sobre la carrera 9ª con 133. Lugar donde por fin consumarían sus ideales pedagógicos. Dotaron el espacio poco a poco como se logran las cosas a pulso y corazón. Tuvo capacidad para 200 o 250 alumnos en cinco cursos de primaria y seis de bachillerato, la cobertura mínima que le exigía el Ministerio.

Empezó a ser mixto, lo cual para la época todavía era una liberalidad rara. Se impartía una educación clásica, en varias áreas de corte enciclopedista, pero siempre dispuesto a aportarle al estudiante experiencias vivenciales, cuando aún no se usaba la palabra ecología, en el colegio se tenía un huerto, vacas, conejos y por la cercanía a los cerros orientales, un ejercicio de educación física frecuente era la travesía por la montaña desde la séptima hasta la Calera, siguiendo la ruta del teleférico de Cementos Samper. Las nuevas generaciones de profesores, casi todos oficiaban la docencia con mística y también para pagarse los últimos semestres universitarios.

En la educación Dacista fue importante, la lúdica, el arte, la política, lo vivencial, verbigracia, para la clase de geografía fueron importantísimas las excursiones por el país, como las que se cumplieron al nevado del Ruiz y a la costa entre otras. Eso lo ponía al corte con otros colegios alternativos de la época, el Juan Ramón Jiménez del español Manuel Vinet y El Refous del suizo Monsieur Jeangros.

“Los ex dacistas somos una casta de locos con apariencia de cuerdos” me dijo el Gordo Serna alguna vez. Profesores y egresados, cada cual desde el quehacer le aportamos al mundo lo mejor de nuestro espíritu. Al garete menciono algunos reconocidos: El “negro” Sharbor matemático, Carlos E Marín, jurista, Jorge Luis Pinto Director técnico de fútbol, Gabriel Esquinas maestro y titiritero. Entre los egresados, el director de teatro Felipe García, los más mediáticos el meteorólogo Max Henríquez, la periodista Sisi Varela y el actor Fernando Arévalo, Javier Crespo reconocido fotógrafo publicitario.

Desde 1957 se graduaron 24 promociones y en 1980 el colegio cerró sus puertas. Alfonzo Daza y Matilde Silva ya octogenarios le propusieron a padres de familia a profesores y a parientes que se asociaran y continuarán con el colegio, pero bastó que hojearan los libros de contabilidad para entender que el Instituto Daza Dangond no era un negocio sino un santuario filantrópico. Ante la realidad pragmática del mundo mercantil, los viejos claudicaron en su magisterio, aceptaron la oferta económica de la Clínica el Bosque para gozar de sus últimos años satisfechos de la labor cumplida. Entre tanto los orgullosos dacistas rememoramos con nostalgia el paraíso perdido.

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