Instrucciones para salvar el mundo

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El 11 de enero de este trágico año de la peste las autoridades chinas le entregaron al mundo la secuencia genética del nuevo coronavirus que estaba enfermando a miles de personas en Wuhan. El virus no había todavía salido de la China cuando esta información —al alcance de cualquier persona— se colgó en una base de datos pública. Hay en la red bancos genéticos donde uno puede descargar la secuencia. Es una tira con miles y miles de letras que se ve más o menos así: acatcaagga cctgcctaaa gaaatcactg ttgctacatc acgaacgctt tcttattac atattactaa ttattatgag ggaatcttga ttacatcata. Citosina, timina, guanina, adenina.

El significado de esto está fuera de mi alcance. Les digo lo que comprendo con mi pobre entendimiento sanchopancesco. Solo sé que hay quienes saben identificar —en esta larga cadena— unas partes que tienen que ver con “ARN mensajeros”. El ADN del virus se vale de ácido ribonucleico (ARN o RNA en inglés) para entrar en nuestras células y empezar a replicarse. Los dos grandes laboratorios cuyas vacunas ya han sido aprobadas en los países ricos, Pfizer-BioNTech y Moderna, identifican un fragmento del mensajero (ARNm), lo sintetizan, lo envuelven y protegen en grasa y nos lo inyectan en el brazo (cerca de los ganglios linfáticos de la axila).

¿Saben cuánto tiempo necesitó Moderna para identificar el fragmento de ARNm que podría servir como vacuna? Dos días. El 13 de enero tenían ya un candidato envuelto en lípidos. 23 días después (el 7 de febrero) tenían el primer lote de esta secuencia seleccionada. El 16 de marzo, 63 días después de que China liberara la secuencia genética, un voluntario recibió la primera dosis de la vacuna. Esta fecha coincide con nuestro primer confinamiento. El virus ya había llegado hasta aquí, pero las primeras vacunas también volaban. Es una carrera entre la ciencia y el virus, a ver quién gana. Pfizer-BioNTech fueron los más rápidos, aunque su vacuna es menos estable que la de Moderna (necesita estar ultracongelada y aguanta pocas horas cuando está solo refrigerada). La eficacia de ambas es de más del 90 %: altísima.

Hasta este trágico año de la peste, el tipo de vacunas de Pfizer y de Moderna no se habían usado nunca en humanos. Gracias a mentes visionarias como la de Bill Gates, la CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations o Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias) llevaba varios años anticipándose a las nuevas epidemias. Algunos países entendieron la importancia de esta iniciativa: Noruega, Japón, Alemania… y luego la Unión Europea. Las vacunas tradicionales (con virus vivos o atenuados) son mucho más demoradas y necesitan más ajustes que las de fragmentos de ARNm. Sin esta innovación, que está funcionando muy bien hasta ahora, estaríamos condenados a otro año de contagios, muerte, confinamiento y crisis económica.

Con el nuevo tipo de vacunas que empiezan a aplicarse en Europa, Canadá y Estados Unidos, el mundo inaugura una nueva era en la inmunización contra los virus. Más que vacunas tradicionales, lo que se inyectan son instrucciones para que el cuerpo elabore la propia defensa que combatirá al virus invasor. Instrucciones para salvar el mundo. Como en Colombia todo nos llega tarde, estamos muy mal situados para recibir las primeras vacunas. El Gobierno anunció que está preparado para recibir, en el año 2021, la vacuna de Oxford-AstraZeneca, que usa un método de elaboración tradicional y que ha sufrido tropiezos que van a retrasar su aprobación. Como para este retraso no hay consuelo médico que exista, el único consuelo que nos queda es el evangélico. Según san Mateo, “los últimos serán los primeros”. Y sí, nuestra única ventaja es que las vacunas se van a probar antes masivamente en el mundo desarrollado y cuando lleguen aquí ya se sabrá mejor cuál es la dosis ideal y las contraindicaciones más graves. Claro que mientras tanto seguiremos poniendo enfermos y muertos. En eso sí estamos en el top ten de los países del mundo.

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