Por: Juan Gabriel Vásquez

Instrucciones para tragar sapos

Todo ha sucedido en espacio de pocos días, con lo cual no hemos tenido ni tiempo de sentarnos a pensar en lo que se viene encima a corto o a mediano plazo.

 Las Farc secuestran a un norteamericano y luego dicen que lo van a soltar como gesto de buena voluntad (igual que hace unos meses dijeron que no secuestrarían más, también como gesto de buena voluntad). Las Farc asesinan a sangre fría a 15 soldados en Arauca (y se ganan una palmadita en la mano de la ONU: que no sean malos, que el derecho internacional humanitario). Las Farc, en un acto de torpeza sin precedentes en ninguna negociación que me venga a la cabeza, les echan el ojo a las protestas del Catatumbo y ofrecen de oficio sus armas a los que protestan (querían sin duda parecer solidarios, pero en cambio se vieron como mercenarios). Mientras todo eso ocurre, se adelantan las negociaciones en La Habana; y los que apoyamos el proceso de paz, si somos honestos, nos tenemos que preguntar todos los días por qué lo hacemos. Sé de muchos que tienen certidumbres invulnerables al respecto, y lo único que puedo decirles es esto: me dan envidia. Sé de otros que fingen tener certidumbres para quedar bien ante una u otra galería. Estos, en cambio, me dan grima.

Así que vuelvo a preguntar: ¿por qué apoyar lo de La Habana? Las posibilidades son varias: por franco hartazgo y genuina compasión con las víctimas, o porque los 220.000 muertos que nos reveló el Centro de Memoria Histórica ponen los pelos de punta, o por el conocimiento histórico de que en ningún lugar del mundo se han terminado conflictos similares por vías distintas de la negociación, o por la conciencia inevitable de que los responsables del deterioro de esta guerra espantosa están a la derecha tanto como a la izquierda, o por la comprensión resignada de que la violencia se alimenta de violencia y de que de alguna manera hay que cortar el ciclo de la humillación, el resentimiento y la venganza, o por convicción de que la paz traerá problemas, sí, pero que serán mejores que los problemas presentes. Yo sé de algunos que apoyan el proceso de paz sólo para que este país no vuelva a caer en los desmanes del uribismo, esa catástrofe moral de la cual todavía no nos reponemos (y, como están las cosas, esta razón es tan buena como cualquier otra). Sé de otros que apoyan el proceso de paz simplemente por no quedar del lado de los que lo atacan. Uribe, Ordóñez y las demás formas del fanatismo de extrema derecha me han parecido siempre responsables de los peores rasgos de este país, y los lectores de esta columna lo saben de sobra; pero decir lo que no se cree sólo para no estar en malas compañías es una de las peores formas de deshonestidad intelectual. La verdad es la verdad, decía Machado, dígala Agamenón o su porquero.

Y la verdad es simple como un anillo: el proceso de paz fracasará en la medida en que las Farc sigan generando sufrimiento mientras se llenan la boca con palabras como “democracia” o “justicia”. ¿Están conscientes de eso quienes negocian en La Habana? No lo creo. Y los que apoyamos el proceso de paz comenzamos a temer que el de La Habana no sea, como son los procesos de paz, el aprendizaje del arte doloroso de tragar sapos, sino que acabe transformándose en el gran naufragio de una generación.

 

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