Por: Miguel Ángel Bastenier

Insurgencia contra el bipartidismo español

Desde la restauración de la democracia dos grandes partidos —PP a la derecha y PSOE a la izquierda— han dominado la escena política en España, alternándose en el poder, como comúnmente se dice que es sano y bueno para la estabilidad democrática en Europa.

Pero ocurre que la esencialidad de las naciones no varía tan fácilmente porque haya democracia y en los últimos años el volumen de corrupción oficial, paraoficial y de pura simpatía se ha disparado en la península de forma tan vertiginosa como alarmante; o, mejor, se ha ido sabiendo que es así, lo que al menos demuestra que la democracia sirve para combatir esa lacra como no lo hacía la dictadura.
 
La indignación de la ciudadanía y el gravísimo problema de las aspiraciones secesionistas del nacionalismo catalán han segregado poderosos anticuerpos, que se confunden entre sí en algunas cosas y se distancian ampliamente en otras. Son dos actores que tratan de dinamitar desde dentro ese bipartidismo: Podemos, una izquierda por momentos radical; y Ciudadanos, de ubicación difícil de precisar en el arco ideológico, pero de indudable temple reformista; ¿centro?
 
Podemos nació en la universidad y tiene todos los dejes correspondientes. El origen de sus líderes es el comunismo. Y tiene mucho que ver con el chavismo, que aspira en Venezuela a gozar de poderes en la práctica irrestrictos, aunque manteniendo un marco de libertad de expresión limitado pero real, lo que se parece bastante, sólo que desde el otro lado del espectro político, a lo que decía Gramsci que pasaba en las democracias occidentales, que gobernara quien gobernase siempre mandaban los mismos.
 
Ese pedigrí chavista, del que los líderes del partido hablan hoy con la mayor circunspección, fue decisivo, como atestiguan los socorros económicos recibidos de Caracas, los ditirambos con que los representantes de Podemos aspergiaban la memoria del desaparecido Hugo Chávez (‘en caso de duda, pregúntate qué habría hecho el líder bolivariano’), pero no es posible que ni Pablo Iglesias ni Juan Carlos Monedero, sus dos voceros principales, crean de verdad que Europa va a consentir la implantación de un sistema chavista en España, ni que los españoles puedan levantarse un día y mirándose al espejo vean un país que no existe.
 
El caso de Ciudadanos surge en un contexto de mayor modestia mediática, pero sobre un fondo que implica nada menos que el temor a que desaparezca España. Albert Rivera, su líder, es sosegadamente catalán, lo que no le impide en lo más mínimo ser también español, y como él otros muchos catalanes, probablemente aún hoy la mayoría.
 
Pero el fondo de indignación ante el comportamiento de parte de la clase política existe como un humus coincidente con el caso de Podemos, que permite al partido de Rivera presentarse como el regenerador de toda España. Pero lo hace con mesura, sentido común, sin alterar la digestión de nadie, diferenciándose así de los momentos más exaltados de Podemos.
 
Son dos reformismos, uno, el de Podemos, airado, que clama contra la “casta” política, que pretende darle un vuelco a la situación, repartir más justamente la riqueza, hacer tributar a modo a los más favorecidos, romper con la austeridad impuesta a los damnificados del neoliberalismo ambiental, y otro, el de Ciudadanos, que aprieta incluso más sus cartas contra el pecho, sobre lo que haría si llegara al poder, pero que la burguesía dominante podría aceptar como mal francamente menor y alternativa a una dominación radical neoizquierdista.
 
Las encuestas hablan hoy de tres partidos principales, PP, Podemos y PSOE, todos por encima del 20% de sufragios, y Ciudadanos, distanciado entre un 10 y 15%, pero en crecimiento aparentemente sostenido. Podemos le facilita, paradójicamente, las cosas al PP porque muerde en el voto socialista y aniquila al comunista de IU –apenas el 5%—; y Ciudadanos pone un freno al crecimiento de Podemos en aquellos sectores de la sociedad que llevan corbata siempre que sea necesario, sin los cuales es casi imposible obtener una mayoría absoluta de gobierno, pero al mismo tiempo, resta votos al gran partido de la derecha, y para acabar de enredar las cosas el tema de Cataluña está presente en todo este laberinto de regateo y maniobra.
 
Si Ciudadanos encuadra a la Cataluña que no quiere aventurarse a la independencia, Podemos resta votos independentistas de quienes aceptarían permanecer en España a cambio de un nuevo planteamiento, necesariamente federalista, que es el que probablemente prevalece en el partido de Iglesias, pero igualmente puede reducir a la casi insignificancia al partido de los socialistas catalanes, federado al PSOE, sin el cual el socialismo español tampoco puede alcanzar una votación que le permita gobernar. Estamos, por tanto, ante un escenario preelectoral, con los comicios probablemente para fin de año, de todos contra todos.
 
Y eso es lo que está dando de sí esta guerra a muerte entre bipartidismo histórico e insurgentes de nuevo cuño; una disputa entre los que quieren reinventar España (Podemos) y los que se conformarían con limpiar los establos de Augías (Ciudadanos), y a la vez contra los partidos instalados en la situación (PP y PSOE) que, con grados diversos de convencimiento, defienden el presente Estado de las autonomías.

 

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