Intelectuales acientíficos

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“Se puede afirmar sin miedo a equivocarnos que la gran mayoría de los seres humanos nunca antes han disfrutado del nivel de vida, de la libertad espiritual y de las oportunidades económicas características de estas últimas décadas”.

La perspectiva optimista se debe a Karl Popper, posición que Héctor Abad comparte y defiende con excelentes argumentos en una de sus más recientes columnas. Su artículo se dirige hacia esa “intelligentsia” para la cual toda mención de progreso es motivo de burla, y toda sugerencia de que vivimos en una época de bienestar, inimaginable en cualquier siglo pasado, solo puede suscitar escándalo e indignación.

Desconfiar del progreso tecnológico no es propio de nuestra época. No fueron pocos aquellos que en su momento se resistieron a la llegada del automóvil, y siglos antes la misma clase de mente conservadora veía con recelo el reemplazo del lomo del caballo por el carruaje. Y cuenta Bertrand Russell cómo en épocas pretéritas Lao-Tsé veía con malestar el uso de canoas, cuando los ríos debían cruzarse a nado. A los argumentos de Abad podría añadirse la incongruencia de quienes, por un lado, despotrican de los avances científicos mientras que por otro no se desprenden del celular, de la internet o del computador, y no vacilan en vacunar a sus hijos o en acudir al hospital, y no a chamanes, cuando sospechan una enfermedad grave.

Pero el menosprecio hacia el conocimiento científico no es exclusivo del intelectual contemporáneo. Al estudio de las matemáticas, la física y la astronomía, los humanistas del Renacimiento contraponían el cultivo de la filología y de la forma literaria. Como señala el filósofo español Jesús Mosterín, “desdeñosos de la filosofía escolástica, los humanistas también despreciaban la incipiente actividad científica, que no entendían y que ponía en cuestión sus prejuicios antropocéntricos. Pensaban que la verdadera sabiduría ya estaba en los autores clásicos por lo que era ocioso innovar. Los resultados de Copérnico y Galileo eran ignorados o confrontados con hostilidad”.

El humanismo acientífico degenera en antropocentrismo radical, y nadie mejor que Fernando Savater ejemplifica esta singularidad. Incapaz de comprender las similitudes entre nuestro sistema nervioso y el de los mamíferos superiores, impedido para contemplar el fenómeno humano a la luz de la biología, Savater razona como un humanista del siglo XIV para concluir que la ética debe circunscribirse a la esfera humana, desconociendo que otras criaturas son así mismo susceptibles de padecer sufrimiento y dolor. No de otra manera se explica cómo un pensador del siglo XXI pudo haber escrito un libro titulado “Tauroética”, un oxímoron tan desvergonzado como llamar Naziética a las políticas eugenésicas del Tercer Reich.

En ninguna época anterior la humanidad disfrutó de un bienestar siquiera comparable al actual. Y este logro, como ha argumentado Steven Pinker, podemos atribuírselo directamente a una cosmovisión derivada de las corrientes racionalistas y empiristas de la Ilustración, inextricablemente asociada al progreso científico y tecnológico. Después de milenios de pobreza universal y hambruna generalizada vivimos en un mundo donde la agricultura tecnificada y la medicina han triplicado el promedio de vida de épocas primitivas; un mundo donde azotes como la viruela, la polio, la lepra, la peste negra, la tuberculosis, la sífilis… han sido relegadas a los textos de historia o ya no representan amenaza alguna.

 

Para quienes reclaman indignados la “pérdida del sentido de lo sagrado y lo bello”, para quienes los progresos de la humanidad son solo una mentira, habría que recordarles la carnicería terrorífica que era el ejercicio de la cirugía antes de los anestésicos y los antibióticos. La historia de la medicina precientífica es un interminable compendio de horrores. Males como el “cólico miserere” significaban la condena a una muerte pavorosa como consecuencia de la obstrucción intestinal que llevaba al enfermo a morir ahogado en el vómito de sus propios excrementos. Hasta hace pocos años la difteria fue un mal tan temible que llegó a conocerse bajo el nombre de “garrotillo”, en alusión a esta forma de tortura, pues sus víctimas, casi siempre niños, morían asfixiados a causa de los tegumentos que aparecían en las vías respiratorias y las iban obstruyendo a medida que avanzaba la enfermedad. En una de sus pinturas más célebres, Goya recoge el momento en que el galeno trata de salvar a una niña metiéndole dos dedos en la garganta en un intento por arrancarle las membranas fatales.

 

Detrás de la postura anticientífica de tantos intelectuales está, de un lado, la idea de que lo racional es antípoda de lo espiritual; por el otro, el lugar común del noble salvaje que vivía en paz y armonía con la naturaleza antes de que la civilización lo corrompiera. Pero esas ficciones no pasan de ser fábulas de académicos románticos, pues lo cierto es que el hombre de ayer y el actual son en esencia la misma fiera. Si hemos podido mitigar nuestras más grandes miserias, el hambre, el dolor y la enfermedad, no ha sido gracias al pensamiento mágico ni al retorno a la “ingenua fe de los sueños”, como ansiaría tanto novelista sensiblero. Y si en el mundo civilizado es inconcebible la esclavitud, la tortura, el maltrato a la mujer, o si los homosexuales y otras minorías han comenzado a ganar sus justos derechos no ha sido gracias a la piedad cristiana.

 

Vivimos un momento intelectual extraordinario, una época en la que el conocimiento científico ofrece oportunidades únicas para comprender el fenómeno humano, para dilucidar las grandes preguntas que han preocupado a los filósofos desde la antigüedad. No obstante, la intromisión de las ciencias naturales en el territorio de las humanidades es vista con displicencia. “Reduccionista”, “positivista”, “cientificista”, son algunos de los epítetos para referirse a cualquiera que se atreva a cuestionar el Modelo Social Estándar o a sugerir que nuestra mente no es “tabula rasa”, sino producto de una compleja interacción entre genes y ambiente que apenas comienza a dilucidarse, y que explicaría decenas de universales comunes a todas las sociedad humanas.

Como señala Pinker en un polémico ensayo, no son pocos los departamentos de humanidades que han visto disminuir en los últimos años el número de estudiantes en sus programas. Entre las muchas razones se cuenta la comercialización del saber, la obligación cada vez más imperante de generar conocimiento “útil” o “aplicado” (la misma desgracia ha caído sobre las denominadas “ciencias puras”). Pero buena parte de este problema ha sido autoinfligido, advierte Pinker. Convalecientes todavía de los desastres del posmodernismo, las humanidades contemporáneas no pueden permitirse rechazar aquello que las ciencias cognitivas, la biología, la genética, la sicología, la teoría de la información, la biología evolutiva… tienen para ofrecer, al menos si no quieren ver sus departamentos convertidos en lugares tan solitarios como los monasterios o los conventos.

 

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