Por: Armando Montenegro

Intercambio de roles

CON UN AIRE DE SUPERIORIDAD, pontifical y civilizador, parecido al de los sacerdotes españoles de la Conquista, hasta hace unas dos décadas las misiones del FMI venían a América Latina a imponer, verticalmente, sus temidos planes de ajuste.

Convencidos de la verdad, exigían la conversión inmediata, la expiación de los pecados y la destrucción de los ídolos domésticos. Invitaban a abrazar la fe del equilibrio fiscal, la devaluación y el control del gasto público.

Esas doctrinas se espetaban a una dirigencia atolondrada que era, no pocas veces, de caricatura: políticos corruptos, rudos militares de opereta, abogados declamadores de rancios poemas, roscas de gobernantes fletados por productores de café, banano o carne.

Cuando se realizaban esos ajustes, algunos brutales e improvisados, protestaban empresarios y burócratas afectados y, muchas veces, la gente, en las calles, exigía que las medidas se echaran para atrás. Con frecuencia éstas se suspendían y, otra vez, subía el gasto, aumentaban los salarios y alguna cosa se hacía con la tasa de cambio. Pare y siga. Los países vivían en una montaña rusa de desmadres financieros, brotes de inflación e intentos ineptos de correcciones fiscales.

Mientras tanto, en Europa y Estados Unidos, de donde venía la cartilla, se mantenían con serenidad los parámetros de la ortodoxia. Reinaban la estabilidad y el crecimiento. El mal manejo económico parecía ser un subproducto del raquítico PIB per cápita, el analfabetismo, la desnutrición, el clima tórrido, las pampas y las selvas húmedas.

Tres o cuatro décadas después, los papeles han cambiado. Buena parte de los países de América Latina tiene un déficit reducido; inflación de un dígito; bancos centrales independientes; sólidas entidades financieras y una opinión pública educada que aprecia las ventajas del manejo económico serio. El problema es que ahora media Europa se parece a la América Latina de antaño: en algunos de sus países el déficit del fisco supera el 10% del PIB y sus deudas son astronómicas; impera una gran resistencia política y social a los ajustes. Como antes en Buenos Aires o Santiago, las masas, en las calles de Atenas, Madrid y Lisboa, protestan indignadas contra las medidas que imponen el FMI, el BCE y otras agencias.

En América Latina, sólo Venezuela (y, en alguna medida, Argentina) tiene un manejo económico de una calidad semejante a la de un país del sur de Europa. Y el personaje más parecido al patriarca latinoamericano es, chivo entre los chivos, Silvio Berlusconi.

Después de que el líder del FMI renunciara por haber asaltado a una camarera, los países ricos no soportaron la idea de que el nuevo director gerente del FMI, con responsabilidad de dar lecciones de ortodoxia, proviniera de un país que, hace años, le puso conejo a su deuda soberana. Para algunos el hecho de que Agustín Carstens —mexicano, PhD de Chicago— llegara a la dirección del FMI, habría sido como si Juan Diego, el indígena que se topó con la Virgen de Guadalupe, se hubiera convertido en el Romano Pontífice. El FMI quedó, entonces, a cargo de una distinguida abogada francesa.

Todo esto ocurre mientras la deuda de Estados Unidos, en medio de una crisis política, se acerca a la moratoria y Moody’s advierte sobre un castigo a su calificación. La de Colombia, en cambio, recibió, de nuevo, en medio de aplausos, el grado de inversión.

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