Por: Pascual Gaviria

Interlocutores imposibles

En las discusiones no sucede como en el boxeo, donde los rivales débiles conducen a combates fáciles. Discutir con un hombre empecinado en sus verdades es enfrentar la peor de las suertes.

Siempre se pierde algo frente a esos inevitables contradictores. Como mínimo, el tiempo y la paciencia. Pero eso no es lo más grave. Lo que de verdad se pierde en las discusiones contra personas acostumbradas a guiarse por odios viejos y cartillas tiránicas, por razones sagradas y sueños redentores, es la posibilidad de encontrar respuestas. El interlocutor sabio terminará por ponerse al nivel de su contraparte y haciendo de profesor que guía una pataleta. El interlocutor medio acabará intentando que la ironía corte el nudo de malentendidos. En cualquier caso, ya no se hablará del tema convenido sino de las obsesiones del obtuso de turno.

Ahora, el país entero está obligado a atender a las discusiones planteadas por las Farc, un interlocutor que, además de los problemas descritos, tiene la costumbre de convencer a sus contradictores con el sutil argumento del fusil. Santos ha dicho que nada se pierde con intentarlo, pero ya hemos perdido algo en este nuevo intento: otra vez el nivel de la discusión pública está a la altura de las Farc, de nuevo la izquierda armada es más importante y más visible que la izquierda democrática, se repite la gazapera en torno a los dogmas ideológicos cuando ya habíamos logrado aceptar unas reglas básicas y debatir unos indicadores ciertos. Pensemos en un salón de clase que ha venido discutiendo algunas lecciones y ha identificado cuatro o cinco puntos claves para pulir los argumentos. De pronto, llegan cinco alumnos con los peores antecedentes: no conocen los temas sobre los que se han dado los acuerdos, no paran de hablar y buscan imponer las costumbres del antro del que los echaron. Es el momento de las distracciones y las riñas. Toca comenzar de nuevo a dictar las reglas, y se paga con el estancamiento en la resolución de los problemas.

Así pasa hoy con las Farc luego de los 33 minutos de incontinencia de Iván Márquez. Algunos ejemplos: cuando el Estado y los líderes de los cabildos discuten los problemas en el Cauca, aparece el verso de los victimarios que reclutan menores indígenas con el anzuelo de una moto, un celular y un arma, de modo que ya no se discuten las reformas a los mecanismos de “consulta previa” de las comunidades indígenas y afros sino “la dignidad de los poderes ancestrales”; cuando las alertas ambientales surgen de organizaciones ciudadanas que de manera pacífica han logrado decisiones públicas en casos como Santurbán, el Túnel de Oriente o la desviación del río Ranchería, nos vemos obligados a escuchar a los socios claves en las dos empresas más depredadores que existen en el país: la coca y la minería ilegal; cuando en los medios y el Congreso se hacen preguntas pertinentes sobre una ley de restitución de tierras que hasta ahora tiene más papel que hectáreas, nos toca concentrarnos en los panfletos de quienes son señalados como despojadores en el 35% de las denuncias.

Será muy difícil que la pandilla logre adaptarse a las reglas. Combinan muy bien la arrogancia y la ignorancia. Es posible que nos hagan perder el año.

 

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