Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Intimidados?

ME DA PENA SER AGUAFIESTAS PERO la crisis generada por el desacato constante del Ejecutivo a los fallos de la Corte Suprema y por sus ataques directos a la Sala Penal —de la cual incluso ha sostenido que es aliada de Mancuso y de la guerrilla al mismo tiempo—, no se soluciona con una sentada, por cristianas intenciones que tenga el cardenal Rubiano.

No hay que trivializar los asuntos de fondo ni convertir en simples diferencias sociales lo que toca la espina dorsal de la democracia. A aquellos que, en el extremo de la polarización, llaman despectivamente ‘mamertos’ a quienes se atreven a opinar por fuera de la línea oficial, se les podría preguntar si ven a Bush, el héroe de las derechas, acusando a su Corte de la mitad de lo que se ha dicho aquí de la nuestra.

Salvo honrosas excepciones, Colombia, embrujada por el carisma personal del Presidente, ha permitido que éste elimine el principio de la separación de los poderes y por eso ya no disimula su decisión de someter a las buenas o a las malas a la rama judicial. Por el contrario, amedrenta: el mandatario litiga contra dos magistrados y despotrica de ellos cada vez que puede. Uno de sus ministros más cercanos denuncia penalmente e interpone tutela contra sus jueces. El comisionado predilecto hace lo mismo, por mandato de su jefe. Columnistas-ex funcionarios, y asesores de palacio, injurian y calumnian a la Corte y ésta no hace nada para evitar que la recusen.

Esa es la moda, y la otra es la del silencio o la de los comentarios en voz baja. Lo cierto es que el tremendo poder del jefe de Estado, sumado a su carácter pelionero y vengativo, intimida hasta al más macho. Tanto que no es una locura hoy preguntarse si la Sala Penal todavía estará dispuesta a fallar con la posición jurídica que asumió al comienzo del proceso de la parapolítica. O si después de la amenazante reacción  a la sentencia condenatoria de Yidis Medina, la volvería a dictar sin pensarlo dos veces.

Los magistrados son seres humanos comunes y corrientes y me temo que poseen menos fortaleza de la que uno se imagina porque no cuentan con la defensa del Estado ni con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, qué ironía. En el campo jurídico, están perdidos porque la Comisión de Acusación es política y uribista. En el de su seguridad física también, porque las entidades de inteligencia dan la orden de protegerlos. O de apretarlos, si resulta cierto que extraños hombres sin identificarse andan buscándoles su pasado para reprocharles por interpuestos reporteros las fallas que les encuentren.

Ésa es la información que corre en las poblaciones de origen de los togados. Sus paisanos, sin embargo, se espantan cuando de admitirlo ante una grabadora se trata. Terrible sistema de opresión y generación de miedo, si resultan verdades los susurros. Un insano ambiente, similar a este, parece invadir a la Procuraduría y a la Fiscalía General. Inquieta sobre todo el caso de Yidis Medina: un fiscal de Bucaramanga le revivió después de su confesión ante la Corte, un proceso de hace ocho años levantado de debajo de las piedras; el director del Inpec supo que le iban a dictar medida de aseguramiento cinco días antes, se dio el lujo de desobedecer la orden de detención domiciliaria, y encima  regañó a los magistrados en un memorial en el que él, un general retirado, les “enseña” cuál es la jurisprudencia vigente. Los pájaros tirándoles a las escopetas. Y aquí no decimos casi nada. ¿Estamos intimidados?

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

Duque: de las palabras a las obras

El uribismo se enfrentará a una Colombia nueva

JEP: discutir con seriedad

Otra vez los presos…. y Uribe

La ley del embudo: el lado ancho para mí