Por: Nicolás Uribe Rueda

Intolerancia Progresista

LA SOCIEDAD Y ALGUNAS DE SUS instituciones han encumbrado últimamente en unos de los más altos riscos de la opinión y de la política a una serie de individuos que se autoproclaman progresistas. Su ideología es inexistente, pero hacen lo mejor para ocultarlo.

Critican todas las reglas sociales porque las consideran anacrónicas. Para ellos, nada es posible de ser calificado como bueno o como malo, sino todo es relativo o subjetivo, de acuerdo con el entorno o el sujeto que se aproxima a cada tema. En el mundo de sus sueños no hay espacio para los valores sociales ni para las acciones virtuosas de los ciudadanos. La libertad individual ilimitada es su proclama, y más que ella, la creencia individual: el “Yo creo que…” es lo que se convierte en fuente de derecho y norma de conducta. El progreso social está dado en la medida en que cada cual haga aquello que mejor la parezca, sin importar sus consecuencias.

Es así como las opiniones de todos los individuos son igualmente válidas. Tiene tanta razón en determinado aspecto jurídico un abogado como un artista, o un agricultor para referirse a asuntos de danza contemporánea. Por supuesto, en materia de moralidad, cada cual tiene la suya, sin que pueda haber una moral social general, fruto del devenir y la evolución de las colectividades. No hay espacio para la moralidad objetiva, solo para las percepciones individuales.

Reconocer una virtud social es una contradicción, y por ello, es igualmente valorado ser ciudadano ejemplar que borracho empedernido. El Estado tiene como obligación garantizar el derecho de cada cual a realizar todos sus designios (inclusive su autodestrucción), y también a rescatarlo de las consecuencias de sus propias decisiones. Como es obvio, en estas condiciones no es posible dar rumbo a la sociedad, pues sin escala de valores no hay puerto de llegada reconocido como deseable, solamente hay espacio para impulsos en todas direcciones.

Paradójicamente, esta libertad a ultranza que defienden los mal llamados progresistas sólo es predicable para quienes piensan como ellos. Abortar un niño concebido, por ejemplo, es un acto de responsabilidad y de libertad individual para el militante progresista, al mismo tiempo que oponerse a él, al defender la vida desde la ciencia o desde las convicciones religiosas, es casi un delito. Tomar la decisión de luchar contra el consumo de sustancias psicoactivas, producto de la cadena ilegal del narcotráfico, es una ofensa contra la libertad individual, pero financiar por esta vía a los grupos terroristas que atentan contra la vida de los ciudadanos, no genera rechazo alguno. Defender el matrimonio o la familia es una perversión irrespetuosa, por el simple hecho de que ellos consideran que estas son instituciones del pasado.

Los denominados progresistas tienen sus creencias, y en el marco del Estado de derecho, hacen bien en mantenerlas. Pero va cansando su intención totalitaria de pretender castigar, ridiculizar o estigmatizar a quienes opinen lo contrario. Si de veras creen que todo es subjetivo, deberían empezar por respetar a quienes no piensan como ellos.

Twitter: @NicolasUribe

 

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