Por: Juan Carlos Botero

Intrascendente, sólo en apariencia

UN JOVEN CAMINA POR BOGOTÁ, SIN rumbo fijo, y sin saber por qué decide doblar por una calle desconocida, y esa decisión menor y en apariencia insignificante le cambia la vida para siempre.

El joven camina pensativo, cuando de pronto alza la vista y ve, a través de una ventana, a una joven hermosa haciendo la siesta en su cama. El muchacho queda sembrado en su sitio, hechizado por la imagen cautivante. Al cabo de un rato se aleja por la calle, pero no puede dejar de pensar en la chica, la más bella que ha visto en su vida. Regresa al día siguiente para tratar de verla de nuevo, y así lo hace todos los días hasta que por fin la conoce, se enamoran, y por último se casan. Hoy, ambos tienen más de 70 años, y el hombre sigue tan enamorado de su mujer como cuando la vio por primera vez. Y todo esto sucede porque un día preciso, mientras paseaba por la ciudad, aquel muchacho decidió doblar por una calle desconocida. Un acto intrascendente, pero sólo en apariencia.

Una decisión así de minúscula puede desatar consecuencias colosales. Nuestra historia individual y colectiva está llena de casos semejantes. Una tarde, una señora de piel morena se sube a un bus, para más señas el número 2857, cansada luego de un intenso día de trabajo. Como siempre, los negros tienen que ceder su silla para que lo blancos se acomoden, pero esta vez ella toma una decisión: no se piensa mover de su puesto. ¿La razón? No le da la gana. El conductor la trata de obligar. Es la ley, le dice, exasperado. Pero ella no se mueve. Su nombre es Rosa Parks, y su pequeño acto de terquedad, desafío y heroísmo ayuda a crear el Movimiento por los Derechos Civiles en EE.UU., y sus repercusiones transforman el mundo.

Hace poco Adam Goodheart, del New York Times, anotó otro ejemplo. El 9 de noviembre de 1989 se agolpa una muchedumbre en Checkpoint Charlie, el retén militar que divide la ciudad de Berlín, porque se rumora una noticia falsa: la restricción para viajar al oeste será levantada ese día. El capitán a cargo del puesto de la zona de control telefonea a sus superiores para confirmar la información, pero nadie le responde. Entonces, a las 11:17 de la noche, aquel hombre hace un gesto discreto: se alza de hombros, como diciendo “¿Y por qué no?”, y da la orden de abrir las puertas. Ese pequeño acto propiciará el eventual derrumbe de la Cortina de Hierro.

Stefan Zweig, en su bello libro Momentos estelares de la humanidad, recuerda varios ejemplos similares. Grouchy toma una decisión y sella la suerte de Napoleón en Waterloo, y de paso la de toda Europa. Por descuido alguien deja abierta una puerta menor durante el asedio de los turcos en Bizancio, en 1453, y se desploma el Imperio Romano de Oriente. En enero de 1848, James W. Marshall recorre el aserradero de John Sutter y distingue un brillo amarillo en la arena. Ese hecho mínimo desata la fiebre del oro en California y cambia la historia de los EE.UU.

Un caso más reciente: un vendedor de frutas en Túnez se niega a pagar un soborno. Hastiado, se prende fuego y muere, como miles que han muerto en tantas dictaduras, pero ese sacrificio prende una llamarada de libertad en Oriente Medio que aún no se apaga.

La conclusión es inquietante, casi aterradora. Los hechos insignificantes no existen.

 

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