Por: Catalina Uribe Rincón

Intromisiones y contradicciones

CONTRASTA EL MENSAJE DE PAZ para la Semana Santa del papa Benedicto XVI con el de la Conferencia Episcopal Colombiana, a través del arzobispo de Bogotá, Rubén Salazar.

 

En el primero se pide que reine la paz y finalice la violencia en Colombia, mientras en el segundo se exhorta al rechazo de la adopción por parte de las parejas homosexuales. Al parecer el ministro católico no se ha percatado de que su “sugerencia” es un mensaje violento que refuerza los sistemas de discriminación hacia una comunidad que busca, con todo el derecho, su inclusión.

Cuando monseñor argumenta que los menores tienen derecho a “crecer en el seno de una familia conformada por un padre y una madre, de sexos biológicamente diferentes y complementarios”, parece que no tiene en cuenta que este supuesto “derecho” no se le estaría respetando a un alto porcentaje de niños del país. Según los resultados de la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud, entre los niños menores de 15 años, el 32% vive solamente con la madre, el 3% solamente con el padre y el 7% no vive con ninguno de los dos. ¿Sugiere acaso monseñor que se debería alejar a todos estos niños de quienes cuidan de ellos porque su familia no cumple con el requisito de una formación bajo “sexos biológicamente diferentes”?

El otro argumento de monseñor es aún más irrisorio: “La inmensa mayoría de los colombianos se han manifestado contrarios a la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo”. No sé de dónde habrá sacado este dato pero si fuera cierto no se está dando cuenta de que, como bien lo mencionó Humberto de la Calle en su pasada columna, el concepto de democracia cambió. Ya no hablamos de leyes que respeten el poder o “voluntad del pueblo” sino de una normatividad que se preocupe por garantizar los derechos fundamentales. Y en este caso los homosexuales deben tener el derecho a conformar una familia y a adoptar un niño, como cualquier pareja heterosexual.

Las distintas formas de violencia han estado siempre presentes en la historia de la humanidad. Para mantener una estabilidad, cada comunidad ha tenido que crear y replantear normas para ir comprobando si están justificadas o no, a partir de los cambios culturales que se van dando. Esto ha permitido que grupos que habían sido rechazados por tradición, hoy tengan el reconocimiento merecido. La religión, que también ha existido siempre, debería preocuparse más por apaciguar los ánimos y contrarrestar la violencia y el rechazo, en lugar de preservarlos.

Es hora de que la Iglesia católica deje de estar interfiriendo en los asuntos políticos del país, sobre todo los que buscan el respeto y la tolerancia. Esta semana monseñor Salazar se pronunció en contra de una marcha propuesta por el expresidente Álvaro Uribe Vélez para protestar por las “injusticias” en el caso de Agro Ingreso Seguro. Uribe le respondió airadamente en su Twitter: “Su Eminencia Rubén Salazar debería proceder como Prelado y no por pasión política y desinformación”. Señor expresidente, nunca pensé decir esto alguna vez, pero comparto plenamente su afirmación.

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