Inutilidad del arte

Noticias destacadas de Opinión

Consecuente con las manifestaciones de indignación antirracistas que se dieron en EE.UU. tras el homicidio aleve del afrodescendiente George Floyd, asfixiado bajo la rodilla de un policía de Minneapolis, los del grupo antirracista identificado con el grito “Black lives matter” la emprendieron, en Richmond, contra la estatua del histórico comerciante de esclavos Williams Carter, enseguida en Bristol (Inglaterra) otros atacaron la estatua del histórico negrero Edward Colston y en Amberes (Bélgica) intentaron derribar la efigie del rey Leopoldo II, autor de protervo genocidio en el Congo.  Como era de esperarse, las instancias de opinión oficial, periodística y los del común, se expresaron desde los tres criterios típicos. Los que tacharon la ola iconoclasta de vandalismo irracional, los moderados que recomiendan a las administraciones revaluar desde instancias legislativas o con referendos públicos la ética cultural y política que decide honrar con esculturas públicas a personajes despreciados por sectores sociales, y, los radicales que aprueban que las víctimas de la barbarie colonialista, destruyan la iconografía de los victimarios históricos. Al fragor de las pasiones sectarias e ideológicas lo que menos cuenta es si las piezas destruidas pudieran tener algún valor para la historia del arte.

En 2001 un convoy de islámicos Talibanes, en un operativo intrépido se descolgaron por precipicios para dinamitar la colosal estatua de Buda en Bāimyān (Afganistán). Ante el hecho, facultades de arte y organizaciones culturales de Europa reaccionaron escandalizados por el atentado terrorista contra una joya del arte greco-budista del siglo V, y varios se ofrecieron a adquirirlas para conservarlas en sus museos. (Ya se han restaurado varias de las obras afectadas.)

Caso distinto fue la divulgación triunfal y global en 2003 del derrumbe que cumplió el ejército gringo,  de la estatua de 12 metros de Sadam Hussein en Bagdad. Curiosamente, al mes, Al Jabburi, que se hizo famoso por ensañarse dándole martillazos a la estatua caída, hizo público su arrepentimiento al entender y padecer la presencia norteamericana en Irak.

Una vez, un fulano me encargó el retrato a lápiz de su novia, cuando se lo entregué, me pagó menos de lo pactado y rompió en pedazos el dibujo declarando: “es una perra de la que no quiero tener ningún recuerdo”.

Huelga de análisis pertinentes de los significados e implicaciones de estos ataques iracundos a efigies, me cuestiona que tales actos son evidencias patéticas de la frágil o dudosa validez y funcionalidad del arte. Me cuestiono ahora cuando la pandemia virulenta obligó abrupta parálisis de espectáculos, exposiciones, eventos artísticos,  de toda dinámica cultural en espacios públicos. En efecto, en Colombia, artistas de toda índole se han visto damnificados, compañías y grupos de las artes escénicas obligados a desintegrarse, otros que con esfuerzo de años lograron una sede, un teatro, un taller o una academia, les tocó cerrar por qué sin público, sin presentaciones les es imposible mantener los inmuebles. Entre músicos y escritores resisten la crisis los que tienen un colchón de regalías o el respaldo de sus patrocinadores, a su escala también los afecta la crisis económica, más los que a pulso, sin respaldo, han vivido de su arte, esos si sufren la coyuntura en cuerpo y alma; en la inopia reclaman el auxilio estatal, pero si en condiciones normales la cultura ha sido la cenicienta en los planes de desarrollo, ahora igual no son prioridad, porque el arte en el pragmatismo no es necesidad básica, para las gentes como para los gobiernos una obra de arte en estos momentos es inútil; si se requiere de entretenimiento para sobrellevar el tedio de los confinamientos, para eso está el mercado virtual. La industria del entretenimiento posicionada en las plataformas de la internet tiene ofertas para todo gusto, a ellos sí que les conviene que se confinen todos los que tengan televisión, Internet, teléfonos celulares, computadora...

En este pandemonio social, la clase media de los creadores se ha desbocado a realizar su arte en las redes, esa es la reinvención que propone el mercado digital para la mayoría. No faltan las voces de ideólogos culturales, que con idealismo desesperado porfía en demostrarle a los gobernantes y a la sociedad que el arte si es de gran utilidad en este momento, alegan que el “alimento” espiritual es indispensable para realizarnos como humanos. Pero la práctica cotidiana no requiere el fundamento artístico. En el mundo funcionalista el arte ahora mismo es inútil. Para el capitalismo el arte necesario es el que le sea útil al mercado.

Los artistas no podemos resignarnos al pedacito de espacio virtual que nos permitan los monopolios del show business.

Es de verdad revolucionario declarar sin complejos que la utilidad del arte no se reconoce en la obviedad, que sucede en la dimensión de lo sensible, donde, el asombro y el goce estético nos construye, nos transforma, nos aguza. Los artistas afrontamos las crisis y renacemos distintos, no nos tienta volver a lo que fuimos, preferimos ser siempre nuevos y distintos. La resiliencia es para los amañados en la normalidad.

Para cerrar esta lucubración, refiero como apología de la fundacionalidad mágica del arte, la leyenda del atleta olímpico Teágenes, a quién por sus 1400 triunfos se le erigió una estatua en una plaza ateniense. Su rival, poseso de envidia osó derribar la estatua del campeón, más al  derrumbar la mole de mármol cayó sobre el agresor y lo mató. Los atenienses asumieron que el accidente fue un castigo del Olimpo, devolvieron la estatua a su pedestal y desde entonces Teágenes ingreso a la casta de titanes.

Comparte en redes:

 

Te contamos que estamos trabajando en nuestra plataforma tecnológica para que sea más fácil de disfrutar, por eso no podrás hacer comentarios en los artículos. Estarán activos próximamente. Gracias por tu comprensión.