Por: Diana Castro Benetti

Inutilidades y ahorros

El mar no se ahorra ni un murmullo. Ajeno a los agites de los hombres, alterna el descanso con el movimiento. Acto de precisión, eficiencia y belleza en el que no caben ni el deshecho ni la pereza.

Y algo lejos de esta idílica recurrencia, nuestra vida cotidiana es un racimo de hábitos de desgaste y de rutinas de pensamiento que abren las compuertas por donde se fuga lo esencial. Exhaustos y sin carisma, vamos avanzando como si viviéramos con la energía ilimitada de un mundo que no suponemos prestado. Como depredadores de oficio, nuestro primer desliz es el uso inconveniente de la propia energía vital. Por ejemplo, abrimos los ojos entre gruñidos para sobrevivir al mal sueño de la noche anterior y sin los besos, salimos de casa con algunos accesorios caducos atados al foulard de las preocupaciones de los panes y el café.

A los collares, les colgamos el adorno de la soledad y a los relojes, la inutilidad de la espera. Avanza el día y los hábitos que desalientan, intimidan y envejecen, van comprimiendo el pecho y escalando los hombros como cuando nos acordamos de los muchos pendientes o pasamos lista a tantas incapacidades imaginadas. La joroba se hace realidad y no nos percatamos de esas costumbres mañosas que por sutiles se vuelven la impronta personal en cada pata de gallina.

Ahorrar energía vital no es una negociación que Adam Smith hubiera podido atribuirle a las leyes de su mercado del siglo XVIII. Y mucho menos en cualquier día de crisis. Pero, para algunos de nuestros sabios de tierra americana, el ahorro de vitalidad es el signo de la impecabilidad de cualquier ser de conocimiento. Un ahorro voluntario de energía consiste en preservar la atención únicamente en las actividades escogidas como esenciales. Es observar lo que se hace con lo que se piensa para decidir, en el minuto, si resulta vivificante. No es más que una observación fina, continuada y diaria donde cada cual escoge si se retira de sus indignaciones, los enerves y el ¿por qué a mí? o, por el contrario, se resigna a ser prisionero de sí mismo.

Suspender por unos momentos los pensamientos y actitudes que nos debilitan es parar el mundo. Nuestro mundo. Es un dejar de pensar para hacer; es darle la bienvenida a las distancias donde no se le tema a la libertad; es casi tan parecido a la premeditación del mar cuando decide no entregarse a lo inútil para poderle robar libélulas a los sueños.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

Una perversión

El don

El querido diario

Lectura silenciosa

Pasiones dulces