Por: Eduardo Sarmiento

Inversión extranjera y tasa de interés

El sector externo y la política monetaria continúan siendo los grandes interrogantes del futuro de la economía.

No obstante el fracaso del criterio de inflación objetivo a lo largo y ancho del mundo, el Banco de la República se mantiene dentro del mito de que la economía es regulada por la tasa de interés. En la presunción de que la economía está cerca del pleno empleo, las autoridades monetarias iniciaron hace dos meses una carrera de alza de las tasas de interés. El manejo se justifica diciendo que la economía esta disparada y pide a gritos tasas de interés más altas.

La decisión es contradictoria. De un lado, el Banco de la República adquiere divisas para sostener el tipo de cambio y, de otro, sube la tasa de interés. Las dos medidas se contrarrestan. El resultado son mayores entradas de capitales que elevan las ganancias de los especuladores a expensas de pérdidas del Banco de la República, que se trasladan a los contribuyentes.

No es cierto que en la actualidad se presente una relación estrecha entre el desempeño de la economía y la tasa de interés. La economía colombiana ha venido operando con un déficit creciente en la cuenta corriente de la balanza de pagos que contrae la demanda efectiva y la producción, y en este caso lo normal es que descienda la tasa de interés y se devalúe el tipo de cambio. Mal podría decirse que el alza de la tasa se origina en el sistema económico. Lo que sucede, más bien, es que el Banco de la República subsana y oculta la deficiencia de la balanza de pagos propiciando la entrada de la inversión extranjera.

El país está montado en un desarrollo ficticio. Los ingresos de divisas se originan en la inversión extranjera y la modesta mejoría de los salarios resulta del abaratamiento de las importaciones. La productividad del capital y el trabajo (PTF) crece cerca de cero, y el liderazgo reside en la minería y la infraestructura física, los sectores que generan menos mano de obra por unidad de valor agregado.

La industria y la agricultura se ven relegadas por la revaluación y el debilitamiento del ahorro interno. La economía queda condenada a un perfil productivo determinado en el exterior e independiente de sus posibilidades internas.

Esta estructura no es sostenible. Inevitablemente se llega a un estado en que los déficits externos no pueden ser financiados, la contracción de la demanda efectiva no puede ser contrarrestada y el debilitamiento de la industria y la agricultura arrolla el empleo de calidad. Los países que ensayaron el expediente han logrado altos niveles de exuberancia, incluso durante más de un lustro, pero han terminado en crisis. Los casos más recientes son la crisis de 2008 en Estados Unidos y ahora en la Zona Euro.

La principal objeción a la revaluación y la inversión extranjera es su incidencia sobre la distribución del ingreso. Los beneficios de la elevación del producto nacional, ocasionada por la revaluación, recae principalmente en los ingresos del capital que destinan la mayor parte de su gasto a las importaciones. Esta es la razón por la cual en los últimos diez años los salarios crecieron por debajo del producto per cápita y los ingresos del capital muy por encima. El progreso se origina en la ampliación de las desigualdades.

Sin duda, una de las grandes decisiones del país en las próximas décadas es si continuará con el modelo de inversión extranjera, minería y deterioro en la distribución del ingreso, o si se adopta un modelo de exportaciones y mercado interno, liderazgo de la industria y la agricultura, y mejoría en la distribución del ingreso. Ojalá que la respuesta surja de los debates presidenciales programados para la próxima semana.

 

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