Por: Rodolfo Arango

Invierno y política

EL MONSTRUO DEL INVIERNO RUGE Y arrasa las precarias viviendas de las gentes pobres sumiéndolas en la miseria.

 

El presidente Santos se apresura a llamar a la ola invernal en ciernes “la mayor tragedia natural de la historia del país”. Su capacidad poética lo llevó a afirmar en su reciente visita a Manizales que las montañas de Colombia “se están derritiendo”, para luego sostener que la situación “rebasa la capacidad del Estado”.

Una forma común de eludir la responsabilidad por la forma de gobernar es atribuir a la naturaleza los efectos de las actuaciones u omisiones políticas. El presidente Santos no es nuevo en el escenario. En 2001 lideró la reforma constitucional para frenar las transferencias y la descentralización, con el consecuente debilitamiento de la educación pública en las regiones, todo basado en razones de orden fiscal. La misma terapia que ahora pretende aplicar a nivel nacional. La visión fiscalista primó sobre el fortalecimiento del papel de los entes territoriales en el saneamiento ambiental y en la erradicación de la pobreza. El centralismo paternalista del entonces ministro de Hacienda desperdició la oportunidad de educar en la responsabilidad a las autoridades locales y regionales por el manejo de los crecientes recursos de las transferencias, como lo había concebido la Constitución de 1991.

El filósofo del derecho Ernesto Garzón Valdés, víctima de la dictadura argentina radicado en Alemania, llama la atención en su libro Calamidades, sobre la tendencia de atribuir a la naturaleza las consecuencias de la corrupción, las equivocaciones políticas y el desgobierno. Advierte que es común tildar de “tragedias” o “catástrofes” a fenómenos que con una acertada intervención previa del poder público habrían podido ser evitados.

Tantos años de olvido del campo; de sustracción de recursos a la educación pública rural; de carta blanca a los ganaderos y madereros para arrasar las selvas; de destrucción de las cuencas hidrográficas por colonos; de fumigaciones; de falta de planeación y desarrollo sostenible en un ambiente geográfico, geológico e hidrográfico complejo y desafiante como el colombiano. ¡Y los responsables políticos se lavan las manos con golpes de pecho y rezos a la virgen María!

No es gratuito que el presidente Santos tenga como embajador en Perú a Jorge Visbal Martelo, ganadero investigado por vínculos con paramilitares. Gran parte de los ganaderos y los mineros, los paramilitares, la guerrilla y los narcotraficantes, junto con políticos oportunistas y ambiciosos, son los responsables de la devastación de los bosques, de las cuencas de los ríos y de la exclusión social que lleva a los pobres a asentarte en las zonas más amenazadas por las crecientes sin cauce o en las faldas de las montañas deforestadas. La dirigencia política insiste en atribuir a hechos naturales las calamidades del invierno. Su pensamiento religioso es funcional a la evasión de la responsabilidad por un modelo de desarrollo extractivo y de explotación intensiva de la tierra y del subsuelo, en un contexto de autoridades de inspección y vigilancia venales o inexistentes.

Qué diferentes serían las cosas para Colombia si tuviéramos gobiernos verdes. ¡Pero verdaderamente verdes! Gobiernos que tuvieran al frente de sus carteras de Educación y Medio Ambiente no a personas inexpertas y ambiciosas sino a académicas y científicas, con títulos indiscutibles, impecable recorrido público y amplia experiencia en su campo como Guillermo Páramo, José Fernando Isaza, Ernesto Guhl o Manuel Rodríguez. Si así fueran las cosas tal vez no tendríamos que rezar tanto por las desgracias “naturales” que se avecinan para el país en las próximas décadas y quizás generaciones.

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