Por: Thomas L. Friedman

Irak, aún inescrutable

CUANDO ESTUVE EN EL CAIRO LA semana pasada, Osama Ghazali Harb, analista político de Egipto, me contó acerca de un discurso que él había pronunciado en fecha reciente en la principal catedral copta de esa ciudad. Fue una discusión acerca del estado de la política árabe.

Al terminar, dijo, un hombre iraquí que había llegado con algunos amigos egipcios se levantó para formular una pregunta y al mismo tiempo aprovechó para emitir la siguiente declaración: “Solamente existen dos democracias” en Oriente Medio hoy día: “Irak e Israel”. El público lo abucheó.

“El público se enojó mucho con él”, me contó Harb, al parecer debido a que esta persona había sugerido que Irak era una democracia y, por tanto, de alguna forma superior a Egipto, ya que comparó a Irak con Israel de forma halagadora y no reconoció la participación de Estados Unidos en la “imposición” de la democracia en Irak.

Irak se ha convertido en uno de esos temas que la gente actualmente aborda con tantas cicatrices emocionales que resulta sumamente difícil sostener una discusión sobria con respecto a la situación actual en dicho país. Una muy buena parte está marcada por cuál es el sentir propio hacia George W. Bush o si se estuvo a favor o en contra de la guerra. Debido a esto, la cuestión de qué haremos en lo sucesivo en Irak —cómo y por qué—, apenas se está discutiendo en la campaña presidencial estadounidense.

Qué malo, pues esta va a ser una decisión en verdad difícil, que va a requerir de poner en orden tres realidades políticas que están en conflicto entre sí. La primera es la disposición de la opinión pública de los Estados Unidos, que ha emitido un juicio en el sentido de que el precio que hemos pagado en Irak a lo largo de los últimos cinco años supera, y por mucho, lo que se ha logrado allá hasta la fecha. Por tanto, quienquiera que gane la presidencia —John McCain o Barack Obama— asumirá el cargo a sabiendas de que el pueblo estadounidense no tolerará otros cuatro años en los cuales prevalezca un compromiso indefinido con Irak.

Sin embargo, la segunda realidad está sobre el terreno de Irak, que ya no es una incesante historia de horror. Resulta claro que el repunte de tropas ha contribuido al apaciguamiento del conflicto interno. Claramente, el ejército iraquí se está desempeñando mejor. Es claro que el primer ministro iraquí, Nouri al-Maliki, al aplicar severas medidas en contra de grupos de chiitas rebeldes de su propia comunidad, se ha establecido más bien como un líder nacional. Claramente, los sunitas han decidido participar en las próximas elecciones parlamentarias. Es claro que el Curdistán sigue operando como una isla de decencia y mercados libres. Se puede ver con claridad que Al Qaeda en Irak ha sido lastimada. Claramente, algunos países árabes están aceptando poco a poco los cambios allí mediante la reapertura de embajadas en Bagdad.

No obstante, la tercera realidad es el hecho de que el proceso de reconciliación dentro de Irak, a casi cinco años desde nuestra invasión, aún no ha llegado al punto en que la estabilidad de Irak se pueda sostener por sí sola. Además, el atentado de la semana pasada en Bagdad, en el cual más de 50 personas resultaron muertas en una parada de autobús de un barrio chiita, tan sólo pone de relieve eso. Todavía hacen falta las fuerzas armadas de Estados Unidos para que actúen como árbitros. Aún no es claro que Irak sea un país que puede mantenerse unido por cualquier otra cosa que no sea un puño de hierro. Sigue sin estar en claro que su gobierno es algo más que una serie de dominios sectarios.

Es muy probable que este volátil remolino reciba al próximo presidente de Estados Unidos: el profundo deseo de la opinión del pueblo estadounidense de dar por terminado Irak a causa de los altísimos costos; el atisbo de esperanza de que un resultado decente, el cual pudiera redimir una parte de esos costos, aún es posible; así como el hecho que Irak todavía no logra cohesión como país.

Podemos seguir debatiendo los méritos de la guerra todo lo que queramos hasta el 20 de enero de 2009, pero a partir de ese día y en lo sucesivo, habrá solamente un interrogante para el presidente que vendrá: En vista de estas tres tendencias en conflicto, ¿qué planea hacer usted con el Irak que está heredando?

Si McCain se convierte en el próximo comandante en jefe, las fuerzas armadas de Estados Unidos le dirán desde el primer día que no podemos seguir de manera indefinida en Irak con el nivel actual de efectivos militares, ya que el costo para nuestras fuerzas armadas se está volviendo intolerable; si es Obama, los iraquíes le dirán desde el principio que los estadounidenses no podemos salir de Irak precipitadamente, ya que el país explotaría.

Sería un enorme error de McCain que terminara renunciando a su objetivo de salvar algo en Irak. No obstante, también sería un gran error asumir que la opinión pública toleraría otro compromiso indefinido del presidente estadounidense en dicho país. De manera similar, sería un enorme error que Obama renunciara a su compromiso con un retiro gradual. Esto constituye una importante forma de influencia sobre los iraquíes. Sin embargo, también sería un gran error no darle una nueva mirada a Irak y preguntarse: ¿Se puede aún salvar algo decente allá, a un costo aceptable; algo que aún pueda servir a nuestros intereses, haga el bien por los iraquíes y quizá plante las semillas de una sociedad abierta que pague beneficios en el largo plazo?

“Cuando de Irak se trata, lo que realmente desea la mayoría de los estadounidenses es salir de ahí, pero aún no quieren perder”, argumenta Michael Mandelbaum, autor de El buen nombre de la democracia. La navegación de estas disposiciones y tendencias en conflicto del territorio iraquí va a ser uno de los desafíos de mayor y agonizante dificultad que se hayan transmitido de un presidente al siguiente. Quizá convenga empezar a hablar al respecto.

* Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c. 2008 - The New York Times News Service.

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