Por: Eduardo Barajas Sandoval

Irán prefiere la armonía

La elección presidencial en un país donde el soberano es Dios, y no el pueblo, reviste características muy diferentes de la escogencia de gobernantes en estados democráticos o populares. También confiere mandatos y establece obligaciones que requieren conocimiento y perspicacia por parte de aquellos con quienes compite o coopera en el escenario internacional. 

Los iraníes concurrieron el pasado fin de semana a las urnas para elegir presidente de la República Islámica. Era la primera vez que tenían ocasión de manifestarse a través del voto después de los acuerdos de 2015, que marcaron un cambio dramático en las relaciones entre los protagonistas de la Revolución Islámica y sus contradictores de Occidente, cuando el gobierno de Teherán se comprometió a moderar su programa nuclear a cambio de que fueran removidas las sanciones que le afectaron a lo largo de muchos años. 

La elección resultaba crucial, pues se trataba de apoyar una u otra postura frente a la declarada animadversión que, en contra de dichos acuerdos, conlleva la retórica del nuevo presidente de los Estados Unidos. Retórica que representa el pensamiento de unos cuántos beligerantes en contra de cualquier tipo de desarrollo de la capacidad nuclear iraní, pero que, hasta el momento, no ha pasado de las palabras a los hechos. 

Para ser presidente de Irán no solamente se requiere ser musulmán. El aspirante a candidato debe pasar por una serie de filtros, cuidadosamente calculados, dentro de una arquitectura institucional diseñada para garantizar tanto la idoneidad como el compromiso previo de cualquier eventual presidente con los propósitos esenciales de la República y de la Revolución. En la elección que acaba de pasar, solamente seis de 1.600 postulantes originales fueron aceptados como candidatos. Ninguna mujer, de un centenar de aspirantes, pudo llegar a esa instancia. Los finalistas eran todos miembros de los altos rangos del establecimiento y las diferencias entre ellos no eran tan marcadas como se podría esperar en un ambiente de confrontación política en otras partes del mundo.

Desde la ruptura de Irán con las potencias occidentales, que en la época de la dinastía Pahlavi disfrutaron a su acomodo de la riqueza petrolera y de la buena voluntad política del país, la orientación del gobierno de la República Islámica ha representado un elemento a la vez clave e incierto de la vida internacional. Del rumbo que tome Irán dependen muchas cosas. Su proyecto de desarrollo nuclear, sumado a la animadversión declarada hacia Israel, representa uno de los problemas más difíciles y peligrosos de nuestra época, pues la insistencia iraní en desconocer el derecho de Israel a existir, contra la evidencia misma de su existencia y su poderío, no solo resulta inaceptable desde el punto de vista de la libre determinación de los pueblos, sino que constituye un elemento de discordia que puede degenerar en conflicto de amplias proporciones. 

El proceso político iniciado con la revolución musulmana del ayatolá Jomeini ha admitido sutiles matices en materia de política exterior, que oscilan entre una línea dura y otra relativamente flexible frente al mundo occidental. Esta última posición fue precisamente la que se abrió paso hace cuatro años con la llegada a la presidencia de Hassan Rouhani, antiguo responsable de las negociaciones sobre el desarrollo nuclear, que condujo a la celebración de los acuerdos de 2015, que permitieron el levantamiento de las sanciones impuestas al país desde hacía tres décadas, a cambio de una moderación en el uso de esa fuente de energía y la inspección de algunas facilidades por parte de la comunidad internacional. Y esa es la misma línea que, con su reelección ahora en mayo de 2017, se ha impuesto de manera contundente, como demostración palpable de que, en cuanto hace a la contribución popular al proceso, los iraníes quieren insistir en la búsqueda de la armonía en las relaciones con los poderes occidentales.

Bajo el complejo diseño de las instituciones iraníes, y en vista de las circunstancias actuales, todavía está por verse cuál será la actitud del Consejo de Guardianes de la República Islámica, integrado por clérigos y juristas, que tiene poder de veto respecto de cualquier actuación tanto del presidente como del Parlamento. También está por verse la actitud del ayatolá Alí Khamenei, líder supremo de Irán, jefe del Estado, que tiene a su vez reservados poderes decisorios en temas de mayor importancia, precisamente como la orientación de la política exterior y del desarrollo de la capacidad nuclear. La eventual necesidad de desatar el proceso de reemplazo de Khamenei traería al escenario, con derecho a tener en cuenta la futura orientación del Estado, y dentro de las reglas del Sagrado Corán y del Derecho Islámico, a la Asamblea de los Expertos, integrada exclusivamente por clérigos y encargada de designar al líder supremo; asamblea que es elegida por votación popular, mediante un complejo sistema de filtros en favor de la militancia en la causa de la República. 

Entretanto el presidente Trump, asfixiado en un mar de “thawbs” blancos llevados por gigantes saudíes en medio de una danza ritual, trata de sobreaguar en materia de política exterior leyendo discursos que le apartan de sus afirmaciones de otros momentos sobre la animosidad del islam contra los Estados Unidos. Ahora, con un discurso “políticamente correcto”, trata de reconciliarse con la parte sunnita del mundo musulmán, al tiempo que culpa de los males al radicalismo islámico y no deja de echarles la culpa a Obama y Hillary por el mal manejo de la política internacional. Pero, lo más peligroso, es que también reitera abiertamente amenazas a Irán por diferentes motivos, con lo cual puede introducir en la discusión interna, y en el juego del poder de la República Islámica, elementos que lleven a introducir cambios de rumbo imprevisibles y preocupantes para la paz de la región, y para la paz mundial.

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