Por: Fernando Carrillo Flórez

Irlanda 1 - Francia 0

EN TIEMPOS DE LA EUROCOPA 2008 hay que ceder a la tentación de poner lo que sucedió en el referéndum irlandés del viernes pasado en el contexto de la fiebre del fútbol. Porque peor aún que la goleada que le propinó el mismo día Holanda a Francia, el gol olímpico que le metió Irlanda a toda Europa marca una crisis en la puerta de la presidencia francesa de la Unión Europea.

Bienvenidos a los escenarios de la política global. El gol fue de la sociedad civil irlandesa, pues los líderes de la campaña del NO a la carta europea fueron una ecologista, un empresario libertario y una antimilitarista, quienes derrotaron las cancillerías de 27 países y la burocracia de Bruselas. Parlamentos de 18 países que representan a 500 millones de personas venían ratificando lo que Sarkozy logró rebautizar como el “Mini-tratado de Lisboa”; pero el voto negativo de menos de 500.000 irlandeses le sacó tarjeta roja a una Constitución para Europa. La gran paradoja es que Irlanda es el país más beneficiado con los fondos europeos. Pese a ello, la única estrategia del NO fue fomentar el miedo y la desconfianza en época de xenofobia, criminalización de la inmigración, desempleo y desdén hacia la UE. De nuevo, el fantasma del plomero polaco eficiente y baratero que se lleva los empleos de los ciudadanos de la “vieja” Europa”.

Aunque las reacciones sean las mismas, esta crisis no es igual a la de hace tres años, como lo afirma Moisés Naim, cuando Francia y Holanda dijeron NO a la primera propuesta de Constitución. Primero, porque se creía que el Tratado iba tan bien en manos de los parlamentos, que debía entrar en vigor el 1º de enero de 2009 y designaría al primer Presidente en firme de la UE. Segundo, porque de 2005 a 2008 hay dos años de negociaciones presididas en su última fase por Sarkozy, quien como artífice del mini-tratado iba supuestamente a hacer las cosas más fáciles a los ciudadanos europeos para asimilar el documento. Para ello, el presidente francés se había encargado de bajar del pedestal constitucional la Carta Europea liderada por Giscard D’Estang, a un simple tratado light. Pero, bien Constitución o mini-tratado, aprobación parlamentaria o referéndum, todo indica que le sigue faltando pueblo, pues muchos lo perciben como un instrumento sin incidencia en la vida cotidiana de los europeos.

Soluciones puede haber muchas. La exclusión de Irlanda de la UE es la más facilista de las alternativas, pero deja dudas respecto del problema de legitimidad que subyace detrás de un Tratado con problemas generados por los euro-escépticos y una ciudadanía ajena a los tejemanejes de Bruselas. El editorialista del diario Le Monde sugiere que la salida es renunciar a la regla de la unanimidad para profundizar la integración europea, al adoptar en su lugar una mayoría calificada.

 Más difícil sería, como decía Bertold Brecht con gran ironía, que “si los dirigentes la ven clara y el pueblo se equivoca, lo que hace falta es cambiar el pueblo”. O convencerlo en una nueva consulta como cuando Irlanda repitió y aprobó el Tratado de Niza —anterior a Lisboa y hoy vigente— que había rechazado el año anterior, lo que nunca se contempló para Francia y Holanda al decir NO en 2005. Lo único claro hoy es que seguirá el proceso parlamentario de ratificación del Tratado en el resto de los países, incluido el Reino Unido. Irlanda anota de nuevo y se mete en la agenda ya complicada de Gordon Brown, pero esperemos que sea sólo una cicatriz más en la construcción de la Europa política.

Para lo que resta, como en el fútbol, Francia necesitará emplear a fondo a su Presidente, quien juega con la camiseta de Europa a partir del 1º de julio. Sin la figura de un líder en la cancha como Platini o Zidane, deja de ser el equipo que toca el cielo con las manos. Muy parecido a su sistema cuasi-presidencial que hoy quieren reformar. De todas maneras, qué lejos estamos los latinoamericanos de esos debates, cuando hemos abandonado a su suerte la otrora célebre Carta Democrática Interamericana —un germen de Constitución para América Latina— que los nuevos autócratas de nuestra región miran hoy con conmiseración como letra muerta o pólvora mojada. En este campo de la integración política no clasificamos todavía ni para las ligas inferiores.

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