Por: Aura Lucía Mera

Irrepetible

LA CITA ERA CADA JUEVES. AL ATARdecer, cuando Bogotá se hunde lentamente en un gris húmedo y los huesos se empiezan a enfriar.

La puerta del amplio apartamento se abría para recibir contertulios y amigos. La biblioteca de sólidos tablones llegaba hasta el techo y revestía todas las paredes. ¿Cuántos libros? No lo sé. Todos. Leídos, subrayadas las páginas gastadas por las caricias incesantes de los dedos, ya amarillos como ellas, como si el papel y la piel se hubieran fundido en una sola al pasar de los años.

El sillón de cuero de un color indefinible con los brazos orejones que servían de puente a la bandeja de madera donde apoyaba sus papeles, su pluma, el libro de turno, los cigarrillos, el vaso de whisky y las gafas. Todos los jueves. Sentado, apoyado el bastón de madera en el sillón, su barba entrecana, sus ojos penetrantes en su ternura taciturna, su voz pausada, sus frases cortas y sabias, su humor ácido y reflexivo. Así lo recuerdo. Amplio en su sonrisa seria. Profundo en el sutil comentario. Cálido en su distancia fría. Nostálgico en sus compartires con los contertulios semanales, recordando anécdotas de una Bogotá que se esfumaba cada día en la contaminación imparable de un falso progreso y de aparecidos boyantes en billeteras pero de espíritu famélico y predador. Escucharlo era la recompensa semanal. Ser testigo de su pensamiento brillante y acerado. De sus convicciones radicales, de sus preguntas sin respuesta, de sus esporádicas carcajadas seguidas siempre de un silencio cuestionante.

Se cumplen cien años de su nacimiento. En 1910 llegó al mundo, un “niño taciturno, ensimismado, tímido, abstraído y feo”, como él mismo se describió en su libro Memorias infantiles, de lectura obligada para todos los enamorados de la prosa perfecta. Un niño que se refugió en los libros para vivir la libertad inagotable de la imaginación. Un niño que se convirtió en uno de los novelistas y periodistas más importantes de Colombia en nuestra historia contemporánea.

Diario de Tipacoque, Siervo sin tierra, Hablamientos y pensadurías, Ancha es Castilla , entre otros, sin contar sus artículos periodísticos que fueron guía y eje del pensamiento indomable de un hombre que jamás doblegó su mente ante nada sin importarle detractores y enemigos. Un hombre irrepetible, que hace mucha falta en estos momentos sin brújula y sin ética que estamos viviendo. Su pluma afilada, sus opiniones radicales, su amistad selectiva y solidaria, su soledad rodeada de miles de amigos incrustados en los tablones de la biblioteca. Irrepetible como algunos de sus contemporáneos, Alfonso Castillo Gómez , Enrique Caballero, Lucas, su hermano; León de Greiff, Eduardo Carranza, Ramón de Zubiría, Abelardo Forero, Marco Alzate Avendaño. Generación que se nos va dejándonos huérfanos de parámetros, ideas chispeantes, análisis ácidos, prosas y poemas eternos. Sí. Me refiero y le envío un beso largo como túnel a Eduardo Caballero Calderón. Hace cien años ese niño de ojos penetrantes y taciturnos, llegó para dejarnos chispas luminosas y sabias en su caminar incansable por los caminos de la inteligencia y la reflexión.

Invito a todos los amantes de los libros, a zambullirse de nuevo o por primera vez en sus Memorias infantiles. Eduardo Caballero Calderón. Swan. Irrepetible e inmortal.

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