Por: Enrique Aparicio

Isabelita, mi amiga colombiana

Las palabras salieron apresuradamente de la boca de Isabelita:

–Vente, vente, ya, ya, sí, sí.

–Isabelita, ¿no será mejor que me vaya en lugar de venirme? Hans nos va a matar –dije yo.

Todo comenzó cuando iba a salir a una reunión vital para mi trabajo. La casa estaba desocupada, pues mi compañera ya había salido a cumplir unas citas. El timbre sonó y apareció mi vecina, una colombiana simpática, habladora e intensa.

–¿Estás con compañía?

–Pues no, en este instante no. ¿Qué se te ofrece?

–¿Eres mi amigo, verdad?

Y con la pregunta entendí que la cuestión iba para largo y me entró pánico. El cuento de que fuera su amigo quería decir en el lenguaje de Isabelita una historia larguísima que no tenía nada de nuevo, pues se trataba de Hans, su esposo holandés. Un tipo de dos metros y tres centímetros que practicaba karate todos los días con un golpe especial que comentaré más abajo y, además, el resto de las energías las gastaba con la rubia espectacular de la cuadra siguiente. Algo que era vox populi en el vecindario.

–Figúrate, me encontré a Hans encima de la rubia y cuando lo increpé me dijo que estaba revisándole los dientes y era la mejor posición para hacerlo. Con un cinismo de aquellos, me dijo que nosotras las colombianas éramos demasiados volátiles y saltábamos a conclusiones antes de tiempo.

Sólo pensé que este holandés tiene imaginación. Yo me acordaba cuando chiquito, jugando al doctor con las amiguitas de la cuadra. Pero esto del dentista es ficción de la pura, de la fina, como para admirarlo.

Con el fin de tratar de acabar la conversación insinué que lo pensara, de pronto Hans tenía razón.

–Ustedes los hombres parece que se pusieran de acuerdo. Todos iguales, carajo. No se percatan nunca de la debilidad de nosotras. Hablemos claro. ¿Eres mi amigo con cojones?

No me dejó responder. Quizás consideraba que todavía estaban en mi posesión. Con gran rapidez se fue hasta la puerta y la dejó entreabierta, luego se tendió en la mitad de la sala, sacó el celular y llamó a Hans.

–¿Vienes, querido, aquí donde los vecinos? Te tengo una sorpresa.

Se dirigió a mí:

–Ven, móntate.

Se me ocurrió el discurso de la dignidad y dije en tono firme:

–Mira, Isabelita, esto no es de prender y apagar, como interruptor, y que yo comience a dar brincos como cualquier sapo. Yo tengo mis principios –agregué con fuerza.

–A ver, móntate –mi elocuencia le entró por una oreja y le salió por la otra.

Sin saber cómo, terminé remontado pues ya me había soltado en la primera montada. Los pasos al subir alguien se sentían más cerca y ahí comenzó la escena catastrófica. Isabelita empezó a gritar: “Más, más, más, es mío, dámelo, dámelo, ahí, ahí, sí, sí”.

El mundo se me fue a los pies y en mi película apareció Hans dando el golpe clave llamado en japonés “dilecto, centlal, lápido y sin dolol”. En español, “directo, central, rápido y sin dolor”. En bogotano, “patada durísima en las huevas”. Uno de los efectos colaterales es que te dan unas ganas de repartir hojas de vida en los diferentes coros de la ciudad anunciando tu nueva y fina voz de contralto, alto, bien alto.

Mientras Isabelita jadeaba en un alarde histriónico, recursivo en esos casos pues el remontado, o sea yo, no había movido ni una pestaña para causar semejantes tembladeras. Pensaba, por otra parte, en mi compañera de cama tamaño matrimonio quien me había dicho un día en tono casual, mientras nos tomábamos una copa de vino:

–Si alguna vez se te atraviesa por la cabeza haber utilizado toda esa palabrería de “seré tuyo para toda la vida. Te amaré siempre. En mis pupilas está enmarcado el paisaje de tu ser mujer”, con el único motivo de meterme en una cama para luego hacer lo que se te dé la gana con otras, me veré obligada a practicar lo que llamamos en México una VIHEC.

Para los ignorantes en la materia, lo anterior quiere decir “vasectomía integral hecha en casa” y se le puede adornar a la expresión el latinajo “factum in situ”.

La verdad es que suspiré con esperanza, aliviado, pues nunca sabría de esta catástrofe. Mejor Hans que una VIHEC.

Llegó el momento, los dos metros y tres centímetros entraron. Dije lo que diría cualquier persona en esos casos, cuando lo cogen o la cogen con otro u otra que no es su pareja:

–Hans, no es lo que tú piensas.

El holandés, con una sonrisa amplia, se metió la mano en la chaqueta, sacó el celular, tomó una foto y se la mandó a mi compañera de cama tipo matrimonio. Sin cambiar de sonrisa le dijo a Isabelita, quien todavía se empleaba a fondo imitando un orgasmo sin límites:

–Nos vemos para la cena, cariño.

El YouTube nada tiene que ver con el karate. Es algo tranquilo, sobre leyendas lejanas:

https://youtu.be/C4ULf4-qUCk

Que tenga un domingo amable.

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