Por: Víctor de Currea-Lugo

Islamofobia y violencia

Hace 11 años, mientras estaba en Suecia, fue asesinado en Holanda el político Pim Fortuyn, personaje de derechas, enemigo de la inmigración y de lo musulmán.

Cuando supimos la noticia, un deseo implícito nos envolvió tanto a extranjeros como a escandinavos: que el asesino no fuera un musulmán. Una reacción similar se tuvo cuando mataron a la ministra de relaciones exteriores de Suecia Anna Lindh en 2003, asesinada a manos de un enfermo mental.

La razón era simple: la islamofobia crecía de manera dramática y la inmensa mayoría no quería aumentar, al dolor del crimen, la persecución a un sector que ya es parte de la sociedad europea.  Los crímenes no fueron cometidos ni por extranjeros ni por musulmanes, pero el racismo siguió creciendo en parte por la sombra de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, el 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 7 de julio de 2006 en Londres. Luego vino el asesinato de Theo Van Gogh a manos de un joven holandés de origen marroquí: Mohammed Bouyeri. Según el asesino, la muerte era el castigo por su larguísima cadena de ofensas al Islam.

En los días siguientes a este crimen, recuerdo que por lo menos una docena de mezquitas y sitios asociados con el mundo musulmán fueron atacados y la noticia de tales delitos no pasó cuando mucho de ser una pequeña nota en los periódicos locales de Holanda. Mohammed Bouyeri, el asesino, nació en Ámsterdam, persona educada y, lo que llamarían las autoridades holandesas “bien integrado”. Nada de esto fue mencionado con el debido cuidado, lo único a que apuntaba la prensa era a su origen y a su fe religiosa.

Ahora la violencia tocó a Noruega. Muchos detalles ya se saben, pero algunas cosas son interesantes. Entre ellas, que antes de que se supiera de Anders Behring Breivik, la CNN empezó su cubrimiento preguntando cuántos musulmanes viven en Noruega.  El asesino confeso no es musulmán, ni siquiera es de pelo negro: en Noruega la palabra ofensiva contra los inmigrantes no deriva del color de su piel sino del de su pelo: svartskalle, que significa ‘cabeza negra’. Behring Breivik es lo que llamarían un noruego “de pura cepa”. Y, contrario a lo pronosticado por la CNN, es un islamófobo, no un islamista.

Cuando un asesino en Europa es negro, musulmán o latino, la prensa lo menciona y lo hace además en plural: los negros, los latinos. En este caso pocos dirían un cristiano radical (como lo es de hecho Behring) ni mucho menos los cristianos.

Sin duda la migración, lo musulmán, lo radical, el fascismo, el antisemitismo, son problemas reales en Europa que requieren ser vistos en su real dimensión y no en su caricatura, pero antes que problemas son realidades sociales, políticas y económicas. Por ejemplo: Europa necesita obreros, pero no quiere personas con derechos.

Frente a esta larga agenda hay por lo menos dos caminos: el que señala Geert Wilders, otro racista holandés, quien considera a los musulmanes “una raza inferior” y propuso modificar la Constitución de Holanda para eliminar la igualdad ante la ley. Y el otro camino es el que propone Jens Stoltenberg, primer ministro de Noruega: “Nuestra retaliación será con más democracia”.

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